El Ejército libanés inició este lunes las operaciones para tomar el control de varias localidades del sur del Líbano, en el marco del acuerdo suscrito en junio entre Beirut y Jerusalén bajo los auspicios de Washington. El Departamento de Estado confirmó que las operaciones en las localidades de Frun, Srifa y Zautar Al Gharbiya han «dado comienzo», según un comunicado del portavoz Tommy Pigott.
El funcionario calificó el avance como «un hito directo» de las conversaciones sostenidas la semana pasada en Roma entre delegaciones israelí y libanesa. «Estados Unidos seguirá colaborando estrechamente con ambas partes para llevar a buen término la aplicación del acuerdo», subrayó Pigott en el mismo texto.
El mecanismo acordado es gradual: la seguridad de las zonas piloto será asumida progresivamente por el Ejército libanés, pero solo en la medida en que Israel perciba garantías suficientes sobre el terreno. Ambas partes se han comprometido además a establecer un grupo de coordinación militar con participación activa de Estados Unidos, instrumento que Washington considerará esencial para verificar el cumplimiento de cada etapa.
Las conversaciones de Roma abarcaron «todos los aspectos» del acuerdo marco, con el objetivo declarado de alcanzar un entendimiento integral entre los dos países. Washington, por su parte, se comprometió a movilizar a sus socios internacionales para apoyar la reconstrucción del Líbano y la reactivación de su economía, aunque el comunicado no detalla montos ni plazos.
El punto de mayor tensión sigue siendo la condición que Jerusalén mantiene sobre la mesa: la retirada definitiva del Ejército israelí estará condicionada al desarme efectivo de Hezbolá. Esa cláusula convierte cada avance táctico en una negociación de fondo sobre el equilibrio de fuerzas en el sur del país.
Conviene mirar los incentivos. La arquitectura del acuerdo refleja una lógica que Marco Rubio y la diplomacia de la actual administración han impulsado en varios frentes: compromisos verificables por etapas, con Estados Unidos como árbitro y garante, en lugar de declaraciones sin mecanismo de seguimiento. El dato importa más que el ruido: no es el comunicado lo que define el éxito, sino la capacidad del Ejército libanés —institucionalmente frágil durante años— de sostener presencia real en localidades que Hezbolá consideró territorio propio.
La historia sugiere cautela. El sur del Líbano ha visto acuerdos previos disolverse ante la ausencia de voluntad de implementación o ante la presión de actores no estatales. Si el grupo de coordinación militar tripartito funciona como mecanismo de alerta temprana, el esquema tiene lógica. Si se convierte en otro foro de dilación, el calendario de retiro israelí se extenderá indefinidamente. Washington apostó por la presión gradual; Beirut necesita que esa apuesta se traduzca en soberanía real sobre su propio territorio.

