El ministro de Defensa de Israel, Israel Katz, advirtió este domingo que Jalil al Haya, líder del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás), «correrá el mismo destino que sus antecesores», muertos en ataques israelíes.
«Hemos eliminado a los líderes de Hamás en Gaza. También le llegará el turno a Al Haya, quien se reunirá en las profundidades del infierno con Haniyeh y sus secuaces», publicó Katz en un mensaje en redes sociales.
Katz acompañó su mensaje con imágenes de reuniones entre dirigentes de Hamás y figuras turcas, y reprochó a los dirigentes de Turquía que sigan «apoyando» a los «asesinos y violadores de Hamás».
Entre esas imágenes figuró una de 2024 de una reunión entre Haniyeh y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan; otra de julio de 2026 con Al Haya y el ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan; y un fotomontaje con las puertas del infierno, lava y la frase en hebreo «2027: Reunión Haniyeh-Al Haya».
Katz fue más lejos al afirmar que Erdogan «continúa tendiendo la alfombra roja para estos criminales y respaldando las actividades terroristas que orquestan desde Turquía junto con los Hermanos Musulmanes contra Israel y naciones musulmanas clave de la región».
La advertencia llega en un momento en que la guerra política y propagandística alrededor de Hamás también se libra en el terreno de las alianzas regionales. Conviene mirar los incentivos: cuando un ministro de Defensa convierte la eliminación de un adversario en mensaje público, el objetivo no es solo intimidar al enemigo, sino también fijar costo diplomático para quienes le ofrecen respaldo.
Para Israel, la señal es de dureza y continuidad operativa. Para Turquía, el señalamiento de Katz eleva el precio político de cualquier relación con figuras de Hamás y empuja el debate hacia una pregunta incómoda: hasta qué punto un Estado puede sostener vínculos con actores que Israel considera terroristas sin asumir un costo reputacional en el orden internacional.
El dato importa más que el ruido: aquí hay una escalada verbal con potencial de endurecer posturas, no un paso hacia la descompresión. Y en una región donde las palabras suelen preceder a hechos más graves, el margen para la moderación se estrecha cuando los gobiernos prefieren exhibir fuerza antes que construir canales de contención.
