El presidente ucraniano Volodimir Zelenski volvió a interpelar este jueves a los aliados occidentales tras una nueva oleada de ataques rusos que dejó ocho muertos y más de treinta heridos durante la noche anterior. El saldo se registró en varias provincias: Dnipropetrovsk —donde se ubica Krivói Rog, ciudad natal de Zelenski—, Kiev, Leópolis, Poltava, Járkov, Mikolaiv, Sumi, Vínnitsia, Cherkasi e Ivano-Frankivsk.
Según cifras ofrecidas por el propio mandatario, Rusia lanzó más de 280 drones y más de 70 misiles en esa sola jornada. La magnitud del ataque subraya lo que Zelenski describió como una «escasez crítica» de proyectiles para los sistemas de defensa aérea ucraniana.
«Este terror ruso una vez más demuestra que la protección contra la amenaza de misiles rusos es la tarea más importante cuando se trata de salvar las vidas de nuestra gente», afirmó el presidente en un mensaje público. La frase no fue retórica: Zelenski señaló directamente que la «ayuda fuera de tiempo y los retrasos en la entrega» de ese armamento conducen a «este tipo de destrucción».
El mandatario fue explícito al distribuir la responsabilidad: «Esta no es una tarea que pueda dejarse solo a Ucrania o a un solo país. Todos los socios saben cómo y con qué pueden ayudar». La formulación apunta a que el problema no es ignorancia técnica ni falta de recursos entre los aliados, sino voluntad política y velocidad de decisión.
Al mismo tiempo, Zelenski reconoció la capacidad de adaptación del Ejército ucraniano, al que atribuyó haber logrado «cosas verdaderamente increíbles» pese a las carencias. Calificó esa pericia como «extraordinaria» y la presentó como el único sustituto disponible cuando los misiles prometidos no llegan o llegan tarde.
El patrón se repite desde hace meses: ataques masivos, bajas civiles, llamado de emergencia a los socios, reconocimiento parcial de la resiliencia propia. Lo que cambia es la acumulación de presión sobre capitales que deben decidir entre sus propias restricciones presupuestarias, sus calendarios electorales y el costo estratégico de un frente que no se estabiliza.
Conviene mirar los incentivos. Cada demora en la entrega de sistemas de defensa aérea tiene un precio que no paga el contribuyente europeo ni el funcionario de una cancillería: lo pagan civiles en Dnipropetrovsk o en Leópolis. Ese desajuste entre quién decide y quién asume las consecuencias es, precisamente, el nudo político que Zelenski intenta visibilizar con cada comunicado. La historia sugiere cautela respecto a si el llamado producirá una respuesta más rápida esta vez; los anuncios de apoyo han tendido a llegar con retraso suficiente como para que el daño ya esté hecho. El dato importa más que el ruido: más de 280 drones en una noche no es una escaramuza, es una presión sostenida que ningún sistema de defensa incompleto puede absorber indefinidamente.

