El ministro de Exteriores ucraniano, Andri Sibiga, respondió a Donald Trump tras las declaraciones del presidente de EEUU en las que pedía el relevo de Volodimir Zelenski. Sibiga sostuvo que Zelenski «cuenta con el apoyo del pueblo ucraniano» y que «este tiene derecho a decidir» sobre el asunto.
En un mensaje publicado en su cuenta de X, Sibiga afirmó que Zelenski «lidera nuestra nación en tiempos de guerra: una guerra por la independencia, la libertad y la dignidad». Añadió que las declaraciones procedentes del extranjero muestran, a su juicio, que el presidente ucraniano está desempeñando bien su trabajo.
El ministro también vinculó la respuesta diplomática a unos «desarrollos contraproducentes», en alusión a las declaraciones de Trump, precedidas por el acuerdo de EEUU con Rusia para comprar diésel. Según Sibiga, después de ello se intensificaron los contactos con los aliados.
La escena importa por una razón de fondo: en una guerra larga, la legitimidad política es un activo estratégico. Conviene mirar los incentivos. Si Washington endurece el tono sobre el liderazgo ucraniano, no solo altera el clima diplomático; también introduce una capa adicional de incertidumbre sobre la coordinación con Kiev y sus aliados.
Para Ucrania, el mensaje de Sibiga busca cerrar filas alrededor de Zelenski y trasladar al exterior que la continuidad del liderazgo no es una cuestión abierta dictada desde fuera. Para EEUU, en cambio, la señal sugiere que la presión política sobre Kiev sigue siendo una herramienta de peso. En ese equilibrio, el dato importa más que el ruido: quien controle la narrativa también condiciona el margen de maniobra en el terreno y en la mesa diplomática.
