El Ejército yemení bombardeó este lunes posiciones militares de los hutíes en el monte Hailan, en el distrito de Sirwah, al oeste de la provincia de Marib, y en el distrito de Al Jubah, al sur de esa misma provincia. Los objetivos incluyeron plataformas de lanzamiento de misiles, según fuentes militares citadas por EFE. Las fuerzas gubernamentales describieron la operación como respuesta a «una escalada generalizada» de los insurgentes en los frentes de Marib durante las últimas horas.
Marib no es un frente cualquiera. La provincia es productora de petróleo y gas, y ha permanecido bajo control gubernamental a pesar de una prolongada ofensiva hutí que, según las mismas fuentes, se intensificó la semana pasada. Quien controle Marib controla una parte sustancial de los recursos energéticos que podrían financiar la reconstrucción de Yemen; de ahí que los rebeldes, respaldados por Irán, hayan convertido esa región en objetivo prioritario.
En la provincia suroccidental de Taiz, los enfrentamientos se reanudaron el lunes por la mañana en los frentes del noroeste de la capital provincial. El comando del Ejército en Taiz informó de que los hutíes sufrieron «pérdidas humanas y materiales», sin ofrecer cifras concretas. Taiz lleva dividida por líneas de frente desde que los hutíes tomaron Saná en 2014 y se expandieron por el noroeste del país.
El episodio más visible de la escalada ocurrió el domingo, cuando los rebeldes atacaron el puerto de Moca, en el oeste de Taiz y bajo control del Gobierno reconocido internacionalmente. El ataque dejó una decena de heridos, entre ellos civiles, y medio centenar de heridos en total, según el comunicado oficial. Ese mismo día, las defensas aéreas gubernamentales interceptaron un dron hutí sobre Adén —sede del Ejecutivo legítimo— cuando intentaba aproximarse a «una instalación vital».
El Gobierno ha acusado a los hutíes de atacar sistemáticamente la infraestructura civil y económica. El patrón es consistente: puertos, instalaciones energéticas y ciudades bajo administración reconocida concentran los blancos de una milicia que no distingue entre objetivos militares y civiles.
Conviene mirar los incentivos. Los hutíes, financiados y armados por Teherán, no tienen interés en una solución negociada que preserve la integridad territorial yemení ni la capacidad productiva de sus provincias. Cada ataque a un puerto o a una plataforma de gas es, al mismo tiempo, un golpe a la economía del Gobierno legítimo y una señal a los inversores de que Yemen seguirá siendo territorio hostil para cualquier proyecto de reconstrucción.
El dato importa más que el ruido: mientras la comunidad internacional debate ceses al fuego, los frentes de Marib y Taiz registran combates activos y la infraestructura civil acumula daños. La historia sugiere cautela respecto a cualquier optimismo diplomático que no vaya acompañado de presión real sobre el patrocinador iraní de la milicia. Sin esa variable, los incentivos de los hutíes para escalar permanecen intactos.

