Un terremoto de magnitud 7.4 sacudió varias ciudades de Colombia el 10 de agosto, dejando más de 200 muertos y cerca de 2.600 heridos, según cifras recogidas por el Departamento de Estado de Estados Unidos. La magnitud del desastre desencadenó en menos de 24 horas una cadena de mensajes diplomáticos y compromisos de asistencia que llegaron desde Beijing, Moscú y Washington.
El presidente de China, Xi Jinping, envió una carta de condolencias al presidente colombiano Abelardo De La Espriella. «Consternado ante el fuerte terremoto ocurrido en Colombia, que ocasionó graves pérdidas humanas y materiales, me permito expresar, en nombre del Gobierno y el pueblo chinos, nuestra sentida condolencia a las víctimas», dice el mensaje, que añade confianza en que el pueblo colombiano «aunará sus esfuerzos para superar pronto la catástrofe y reconstruir su hogar». La Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo de China señaló, a través de su portavoz Tang Ying, que Beijing sigue de cerca las consecuencias del sismo y está dispuesta a brindar ayuda «a través de los mecanismos que resulten más adecuados».
Desde Moscú, la Embajada de Rusia en Colombia informó que Vladímir Putin se dirigió directamente a De La Espriella para expresar su pesar por las víctimas y los daños provocados por el sismo.
Estados Unidos optó por una respuesta operativa: el Departamento de Estado anunció la activación de un equipo de respuesta a desastres que llegó a Colombia para apoyar «las operaciones críticas, la programación y la coordinación general de la respuesta del Gobierno».
En el frente fiscal, el ministro de Hacienda, Miguel Gómez, anunció ante una sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes la activación de «un crédito de hasta 450 millones de dólares con el Banco Mundial» bajo el marco de una emergencia económica que el gobierno esperaba promulgar ese mismo día. Gómez indicó que esos fondos «pueden estar disponibles antes de terminar esta semana».
El dato importa más que el ruido. La respuesta internacional al terremoto colombiano revela, antes que solidaridad desinteresada, una geometría de influencias en competencia: China ofrece cooperación institucional a través de sus mecanismos de desarrollo; Rusia apuesta por el gesto simbólico de alto nivel; y Estados Unidos despliega capacidad técnica sobre el terreno. Que las tres potencias hayan respondido con celeridad al gobierno de De La Espriella dice tanto del peso geopolítico del desastre como del nuevo posicionamiento de Bogotá en el tablero hemisférico.
Conviene mirar los incentivos. El crédito de 450 millones de dólares con el Banco Mundial es un instrumento legítimo de respuesta a emergencias, pero su desembolso bajo el paraguas de una «emergencia económica» amplía el margen de gasto discrecional del ejecutivo en un momento de alta presión política. La reconstrucción exigirá transparencia en la ejecución y mecanismos de control que protejan tanto a los damnificados como al contribuyente colombiano. El orden y la institucionalidad que De La Espriella ha prometido se medirán, en parte, en cómo administre esta crisis.



