El Gobierno del presidente Abelardo De La Espriella publicó la hoja de vida de Juan Carlos Gossaín para el cargo de embajador de Colombia en Francia, un paso previo a su nombramiento.
Gossaín fue gobernador de Bolívar entre 2012 y 2015. Es abogado de la Universidad de Cartagena y especialista en Derecho Administrativo de la Universidad Libre.
El propio Gossaín aseguró en su cuenta de X que trabajará por su departamento desde París. En su mensaje escribió: «Pensar en grande. Sin duda será una toma inolvidable y con resultados económicos y culturales tangibles, apreciado Gobernador. Bolívar y Cartagena en territorio francés. J’en réve dejá, et bientót nous en ferons une realidad».
En otro mensaje, el político cartagenero reiteró: «Pensar en grande. Sin duda será una toma inolvidable y con resultados económicos y culturales tangibles, apreciado Gobernador. Bolívar y Cartagena en territorio francés», manifestó en sus redes sociales.
Con este movimiento, el presidente Abelardo De La Espriella comienza a completar su equipo diplomático y consular en el exterior, donde ubicó varias fichas y gestores clave de su campaña. El dato importa más que el ruido: la diplomacia también es una extensión del orden internacional y de los incentivos que un gobierno decide premiar.
Conviene mirar los incentivos. Cuando un gobierno coloca a figuras de su entorno en posiciones estratégicas, envía una señal sobre cómo entiende el poder y cómo reparte la confianza. En este caso, el nombramiento apunta a un equipo más cerrado, más político y más identificado con la campaña que con la distancia institucional.
Para Colombia, el punto de fondo no es solo quién llega a París, sino qué objetivos concretos persigue esa representación y con qué resultados será juzgada. Si la embajada abre puertas para comercio, inversión y vínculos útiles, el país gana. Si termina siendo apenas un premio para leales, el costo lo paga la credibilidad del aparato estatal.
La historia sugiere cautela. La diplomacia funciona mejor cuando sirve al interés nacional antes que a la gratitud política. Un gobierno que promete resultados debería medir a sus embajadores por lo que consiguen, no solo por a quién conocen o de dónde vienen. Esa es la diferencia entre una red de favores y una política exterior que respete las instituciones.


