El presidente chino, Xi Jinping, llega este martes a Egipto para su primera visita de Estado al país en una década, la última desde enero de 2016. El viaje coincide con el 70.º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países: Egipto fue en 1956 el primer Estado árabe y africano en reconocer a la República Popular China.
Xi llega tras participar en Biskek en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, donde se reunió con su homólogo ruso, Vladímir Putin. En El Cairo se verá con el presidente Abdelfatah al Sisi para tratar relaciones bilaterales y asuntos regionales, según anunció la Cancillería china. El portavoz Lin Jian describió los lazos entre ambos países como en «su mejor momento histórico».
El componente económico es el pilar más tangible del acercamiento. Empresas chinas participan en proyectos de infraestructura como la zona económica TEDA Suez y la nueva capital administrativa egipcia. Según datos de la agencia estatal Xinhua, la zona TEDA Suez había atraído hasta finales de junio a más de 200 empresas, con inversiones acumuladas superiores a 4.700 millones de dólares. En julio, durante la visita del primer ministro chino Li Qiang, Al Sisi expresó interés en captar más capital chino en energías renovables y vehículos eléctricos, además de turismo.
John Calabrese, investigador del Middle East Institute de Washington, señaló al South China Morning Post que el viaje permite a Pekín «mostrar una asociación duradera» con un país árabe, africano y del Sur Global, y a la vez ofrece a El Cairo la oportunidad de exhibir que no depende exclusivamente de sus socios occidentales. El propio Calabrese matizó, sin embargo, que Egipto sigue dependiendo de inversiones de otros socios, incluidos países occidentales y del Golfo. Zhu Weilie, del Instituto de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, apuntó al potencial de cooperación en nuevas energías, economía digital y tecnología aeroespacial.
En el plano regional, Gaza ocupará un lugar central. Egipto ha actuado como mediador y China respalda esa participación mientras defiende una solución basada en un Estado palestino; ambos países coinciden en rechazar el desplazamiento forzoso de palestinos fuera de Gaza y en reclamar un alto el fuego. También estará sobre la mesa Irán, socio estrecho de Pekín y miembro de la OCS, en medio de una nueva campaña de presión económica estadounidense que ha afectado a entidades chinas. China ha condenado los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, aunque también ha pedido contención a Teherán tras sus acciones contra países del Golfo.
Para Calabrese, China y Egipto coinciden en «abogar por una desescalada», sobre todo por el impacto que una escalada tendría en rutas como el canal de Suez y el mar Rojo. No obstante, advierte que la cercanía de Pekín con Teherán «limitará la coordinación» con El Cairo a «llamamientos a la moderación».
El dato importa más que el ruido diplomático: Pekín no llega a Egipto con un cheque en blanco, sino con un catálogo de zonas industriales, financiamiento condicionado y una agenda que entrelaza comercio con alineamiento geopolítico. Para El Cairo, cada dólar chino que entra por TEDA Suez es también una cuerda adicional atada a un socio que comparte cumbre con Moscú y defiende a Teherán ante Washington. La retórica de «asociación estratégica» oculta un cálculo más simple: Egipto necesita capital y Pekín necesita puertos, rutas y votos en el Sur Global.
La historia sugiere cautela sobre estos abrazos entre Estados que rehúyen el mercado abierto y la rendición de cuentas institucional. Las democracias occidentales, con todas sus fricciones, siguen ofreciendo a El Cairo algo que Pekín no garantiza: reglas previsibles y propiedad protegida. Conviene mirar los incentivos detrás de cada inversión anunciada, no solo la cifra.



