Las autoridades de Estados Unidos concedieron visados a los miembros de la delegación de Irán que participarán en la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York la próxima semana. Entre ellos se espera que esté el presidente del país centroasiático, Masud Pezeshkian.
Un portavoz del Departamento de Estado de EE.UU. confirmó la aprobación de los permisos de entrada. Dijo que «la delegación principal del régimen iraní podrá asistir a la Semana de Alto Nivel de la Asamblea General de la ONU».
El vocero añadió que la medida responde a las «obligaciones de Estados Unidos como país anfitrión». También precisó que la delegación iraní será «más reducida» que la de 2025. Además, «estará sujeta a restricciones de viaje y se le prohibirá la compra de artículos de lujo y otros productos».
El anuncio llegó apenas un día después de que la Administración de Donald Trump negara el visado al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, y a otros altos cargos palestinos. Washington los acusa de «glorificar el terrorismo».
La Casa Blanca acusó además a miembros de la Autoridad Palestina y de la Organización para la Liberación de Palestina de «continuar pagando estipendios a terroristas, así como glorificando actos de terrorismo y a terroristas en declaraciones públicas y libros de texto escolares».
Sumó a eso el señalamiento de «emprender acciones para internacionalizar el conflicto palestino-israelí, incluso a través del Tribunal Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia». Y añadió el reproche de «intentar eludir las negociaciones buscando un reconocimiento unilateral».
Conviene mirar los incentivos. Estados Unidos actúa aquí como anfitrión y árbitro, pero también como filtro político de quién entra y bajo qué condiciones. La señal es clara: el acceso a la tribuna de la ONU no opera como un derecho abstracto, sino como una prerrogativa moldeada por la política exterior de Washington.
Para una institución que presume universalidad, el precedente importa. Si la puerta se abre para unos y se cierra para otros según el cálculo del momento, la credibilidad del orden internacional se resiente. Y cuando el acceso depende de la conveniencia del poder, la diplomacia se parece menos a reglas estables y más a una correlación de fuerzas administrada desde la capital anfitriona.



