El 1° de agosto de 2026, fecha en que arrancó una nueva ronda de conversaciones entre actores del conflicto venezolano, el analista José Ignacio Gerbasi publicó en LaPatilla una columna que resume en tres fechas la hoja de ruta de la oposición venezolana — y que cuestiona, con nombre propio, la arquitectura del diálogo en curso.
La primera fecha es el 22 de octubre de 2023. Según Gerbasi, más de dos millones de venezolanos participaron ese día en un proceso que definió quién representaría a la oposición. «Sin ese día no hay candidata, no hay liderazgo consolidado, no hay nada de lo que vino después», escribe. El autor lo describe como «el primer tablón de la ruta, puesto por la gente, no por ningún acuerdo firmado en una mesa».
La segunda fecha es el 28 de julio de 2024. Gerbasi sostiene que Venezuela «volvió a votar, y volvió a ganar», y que las actas documentadas «mesa por mesa» acreditan una victoria de Edmundo González. Esa fecha, escribe, «es la que la dictadura más querría que olvidáramos, porque es la que más la desnuda».
La tercera fecha, afirma el columnista, todavía no tiene número: «solo tiene letras, y esas letras dicen hasta el final». Su argumento es que las dos primeras etapas se conquistaron con movilización, organización y un liderazgo validado dos veces en las urnas, y que pretender alcanzar la tercera por una vía diferente «no es pragmatismo: es querer atajar un camino que ya sabemos que no lleva a ningún lado».
El punto más incisivo de la columna es la ausencia de María Corina Machado en la mesa de diálogo. Gerbasi señala que Machado «no obstaculizará el proceso» y le desea suerte a quienes participan, pero sostiene que «su ausencia dice más que cualquier comunicado». Ir a esa mesa sin ella, escribe, «es darle la espalda a lo que millones de personas decidieron dos veces, con su firma, con su huella, con horas de fila».
Sobre los participantes del diálogo, el autor es deliberadamente indirecto pero inequívoco: «Caras que ya conocemos, libretos que ya leímos, promesas que ya vencieron». Y añade que cada vez que Venezuela estuvo cerca de cerrar su crisis política, «aparecieron con una nueva ronda de diálogo bajo el brazo, justo a tiempo para que nada cerrara». Reconoce que «ojalá esta vez sea distinto», pero advierte que «la experiencia no da motivos para apostar a eso».
El dato importa más que el ruido. Lo que Gerbasi describe no es un episodio aislado sino un patrón: Venezuela lleva, según sus propias palabras, «27 años sentándose a hablar». La pregunta que la columna deja sin responder — porque ninguna fuente disponible puede responderla hoy — es si esta ronda rompe ese ciclo o lo prolonga.
Conviene mirar los incentivos. Un diálogo que excluye al liderazgo con mayor respaldo popular documentado puede servir para aliviar presiones internacionales, redistribuir cuotas de poder entre élites o simplemente ganar tiempo. Lo que difícilmente puede hacer es producir una salida que el propio pueblo venezolano reconozca como legítima. La ruta que describe Gerbasi tiene la virtud de estar anclada en hechos verificables — votos, actas, participación masiva — mientras que la mesa que hoy se instala descansa, por ahora, en promesas cuyo historial de cumplimiento el propio autor califica de magro. La historia sugiere cautela.



