El 24 de junio dos terremotos destruyeron cientos de edificios en La Guaira, en el norte de Venezuela. Jan Carlo Barrios perdió su apartamento en el octavo piso de uno de esos edificios. También perdió a su hija.
Barrios no esperó a ninguna brigada oficial. Fue él quien, en tres semanas de búsqueda entre la precariedad, reconstruyó mentalmente la estructura del edificio derrumbado. Identificó elementos de su apartamento en el sótano al cuarto día, contó pasos, trazó un mapa mental y fue abriendo huecos piso por piso —desde el doce hacia abajo— hasta llegar al octavo. Allí, según relató en un video grabado desde su teléfono, encontró lo que quedaba de su hogar aproximadamente 20 días después de la tragedia.
«Por la Gloria de Dios ya pude encontrarla, tenía la esperanza de encontrarla con vida, pero no fue así», dijo conmovido. La joven estaba aprisionada por un closet y una pared del baño. «No tuvo oportunidad», afirmó su padre, quien cree que la muerte fue instantánea. Prefirió no verla directamente: pidió a familiares que la reconocieran. «No quería verla así, yo quiero tener un bonito recuerdo de ella».
La adolescente soñaba con ser diseñadora. «Quería que le regalara una máquina pero no pude comprarle la máquina en el momento porque hemos vivido aquí una situación económica muy fuerte», explicó Barrios. Aun así, no detuvo su trabajo entre los escombros. «Lamentablemente se fue, con sueños, con un futuro por delante, pero aquí estamos, vamos a levantar estas ruinas».
Las dimensiones del desastre siguen siendo difíciles de precisar. Según cifras oficiales, se habla de más de 4.500 muertos y de más de 50.000 personas desaparecidas, aunque las propias fuentes advierten que es imposible tener un número exacto. La frase que Barrios usó para titular su denuncia pública resume lo que muchos sobrevivientes repiten: «Nos dejaron solos».
Conviene mirar los incentivos. Un Estado que durante años concentró recursos, expropió propiedades y desmanteló la iniciativa privada no construyó la capacidad institucional para responder a una emergencia de esta escala. Lo que Barrios hizo —mapear, calcular, perforar, persistir— es exactamente lo que el individuo hace cuando el aparato estatal no aparece. Su historia no es solo una crónica de duelo; es el retrato de un régimen que cobra el precio de su ineficiencia en vidas y en dignidad.
El dato importa más que el ruido. Mientras el gobierno de Nicolás Maduro administra el relato oficial de la cifra de víctimas con la misma opacidad con que gestiona todo lo demás, son los ciudadanos —con teléfonos, cálculos propios y fe— quienes recogen a sus muertos. La historia sugiere cautela ante cualquier número que Caracas certifique como definitivo.



