Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno español, afirmó que el equipo francés tiene «un altísimo nivel, eso sí, sin franceses». La frase, dicha en el contexto del Mundial de la FIFA 2026, desató una réplica inmediata de Manuel Valls, quien fue primer ministro de Francia entre 2014 y 2016.
Valls publicó una tribuna en El Español en la que calificó las palabras de Rajoy como algo que no solo le «indigna», sino que le «duele». «No es una ocurrencia, es una confesión», escribió el exjefe de Gobierno. Según Valls, lo que Rajoy no reconoce en ese equipo «no son nacionalidades, son colores de piel», y calificó esa actitud, sin ambages, de racismo.
El argumento de Valls tiene sustento factual. Según los datos que él mismo aporta en su tribuna, de los veintiséis jugadores convocados por el seleccionador Didier Deschamps, solo tres nacieron fuera de Francia: Marcus Thuram, Michael Olise y Brice Samba. El resto nació en territorio francés.
Valls, nacido en Barcelona de padres españoles y naturalizado francés a los veinte años, añadió: «No tengo una gota de sangre francesa, pero Francia corre por mis venas». Con ello situó el debate en el terreno de la ciudadanía y la identidad cívica, frente a lo que interpretó como una concepción étnica de la nacionalidad.
La réplica más incisiva de Valls apuntó directamente a la selección española. Recordó que Lamine Yamal, figura del torneo y motivo de orgullo nacional en España, es hijo de padre marroquí y madre de Guinea Ecuatorial. Que Nico Williams, nacido en Pamplona, es hijo de inmigrantes ghaneses. Y que Aymeric Laporte, que juega en la defensa española, nació en Agen, Francia, y fue capitán de la selección francesa sub-21 antes de elegir a La Roja. «En la selección que defiende Mariano Rajoy hay, literalmente, un francés», concluyó Valls.
El cruce ilustra una tensión que recorre Europa desde hace décadas: qué define la pertenencia nacional en sociedades moldeadas por flujos migratorios y herencias coloniales. Francia construyó su identidad sobre el principio republicano de ciudadanía, España sobre vínculos históricos y territoriales más complejos. Ambos modelos producen selecciones diversas; ambos países celebran esa diversidad cuando gana y la cuestionan cuando conviene.
Conviene mirar los incentivos. El comentario de Rajoy no se produjo en un vacío: el debate migratorio en Europa ha endurecido el lenguaje público y normalizado afirmaciones que hace una década habrían costado más caro políticamente. Que un expresidente de gobierno hable así no es anecdótico; es un indicador del estado del debate.
Pero la respuesta de Valls tampoco está exenta de cálculo. El exprimer ministro, figura incómoda en la izquierda francesa por sus posiciones sobre seguridad e inmigración, elige este momento para reivindicar una Francia plural. El dato importa más que el ruido: veintitrés de los veintiséis convocados nacieron en suelo francés. Eso es un hecho. Lo que cada cual proyecta sobre ese hecho revela, sobre todo, su propia definición de nación.


