El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, anunció este sábado que las fuerzas de Kyiv hundieron el carguero ruso Yanina en el mar Negro y atacaron tres refinerías de petróleo en la república rusa de Bashkortostán.
En su cuenta de X, Zelenski informó que la noche anterior se llevaron a cabo ataques «de medio alcance» contra objetivos relacionados con el esfuerzo bélico ruso, con impactos en el mar Negro y en el mar de Azov. «Un carguero ruso sancionado, el Yanina, que navegaba bajo bandera rusa y con una capacidad de más de 100.000 toneladas, también fue golpeado. Gracias a la precisión de nuestras Fuerzas de Defensa, se fue al fondo», declaró el mandatario.
Según páginas de rastreo de tráfico marítimo, el Yanina había zarpado del puerto indio de Mundra y se dirigía a Novorosíisk cuando fue alcanzado. Las fuentes no especifican el tipo de armamento utilizado en el ataque.
En paralelo, y en una operación de mayor alcance, fueron atacadas tres refinerías de petróleo en Bashkortostán, a casi 1.600 kilómetros de la frontera ucraniana. Según Zelenski, esas instalaciones procesan millones de toneladas de crudo cada año. «Seguimos aplicando nuestra justa presión. Nuestro plan de sanciones de largo alcance está siendo implementado paso a paso», remachó el presidente ucraniano, aludiendo a los ataques contra objetivos de la retaguardia rusa.
Los ataques a Bashkortostán representan uno de los golpes ucranianos más profundos en territorio ruso registrados durante el conflicto, y apuntan a la cadena de suministro energético que sostiene la maquinaria de guerra del Kremlin.
Conviene mirar los incentivos. Moscú ha apostado por una guerra de desgaste que supone la superioridad logística y territorial de Rusia; Kyiv responde apuntando a los nodos que convierten esa ventaja en combustible real —literalmente— para las operaciones militares. Hundir un buque sancionado que operaba bajo bandera rusa y procedía de un puerto indio subraya, además, los límites de la arquitectura de sanciones occidental: mientras existan rutas alternativas y terceros dispuestos a facilitar el comercio ruso, el régimen de presión económica enfrenta filtraciones estructurales. El dato importa más que el ruido: la profundidad geográfica de los ataques ucranianos obliga a Moscú a destinar recursos defensivos a una retaguardia que hasta hace poco consideraba intocable, alterando el equilibrio de costos que el Kremlin había calculado para este conflicto.

