El presidente ucraniano Volodimir Zelenski confirmó este jueves nuevos ataques de largo alcance contra infraestructura energética rusa y embarcaciones de la denominada «flota fantasma» del Kremlin en el mar Negro.
Entre los objetivos alcanzados figuran una refinería de Bashneft-Novoil, empresa estatal de productos derivados del petróleo ubicada en la provincia de Baskortostán, a más de 1.300 kilómetros de la línea del frente, y otra instalación de la compañía Slavneft-Yanos en Yaroslavl, a casi 700 kilómetros de la frontera.
En el ámbito marítimo, Zelenski informó que «dos patrulleras militares y buques de la flota en la sombra fueron atacados» en operaciones que calificó de «exitosas». La «flota fantasma» es el conjunto de embarcaciones que Moscú utiliza para eludir las sanciones internacionales sobre sus exportaciones de crudo.
El mandatario ucraniano subrayó que el propósito de estas ofensivas es «limitar los ingresos petroleros de Rusia», los cuales, según declaró, financian directamente el esfuerzo de guerra. Agradeció al Ejército por haber expandido las capacidades de ataque «más allá de sus propias fronteras» y afirmó que ello aumenta «las posibilidades para la diplomacia». Cerró con una exigencia directa: «Rusia debe elegir la paz».
La fuente señala que este tipo de operaciones se han convertido en una constante reciente y que ya se registran algunos problemas de desabastecimiento en territorio ruso, aunque no precisa su alcance.
El dato importa más que el ruido. Lo que Kyiv está ejecutando es una estrategia de presión económica clásica: atacar la cadena de valor que convierte el petróleo en capacidad militar. Cada refinería dañada es un nudo en el flujo de divisas que Moscú destina a sostener una guerra que ya supera tres años. La lógica es simple y los incentivos, claros: si el coste de continuar el conflicto sube para el agresor, la negociación se vuelve más atractiva.
Conviene mirar los incentivos. Rusia financia su aparato bélico con exportaciones energéticas; Ucrania, sin capacidad de igualar ese músculo industrial, apuesta por degradar la fuente. Es una apuesta de largo aliento que no decide batallas en el frente, pero erosiona la base logística y fiscal del Kremlin. La historia sugiere cautela sobre resultados inmediatos, pero también recuerda que las guerras de desgaste se ganan o se pierden en la retaguardia económica tanto como en las trincheras.

