La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping se perfila como el encuentro más observado de la semana en torno a la Asamblea General de la ONU. Esta vez, la cita no será en Nueva York sino en la Casa Blanca, donde Trump tiene previsto recibir personalmente a Xi en la base de Andrews el miércoles 23 de septiembre, un gesto diplomático poco habitual.
Antes de ese encuentro, una delegación estadounidense encabezada por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el representante comercial Jamieson Greer se reúne con He Lifeng, viceprimer ministro del Consejo de Estado chino, para fijar la agenda. Sobre la mesa aparecen el conflicto comercial, la cadena de suministro, la competencia tecnológica y la cuestión de Taiwán, en un contexto marcado además por las dificultades de Estados Unidos en una guerra en Medio Oriente que amenaza con escalar.
El punto de partida es una tregua comercial acordada en Busan el año pasado, cuya vigencia termina el 10 de noviembre. Ambos gobiernos deben decidir si la amplían. Ese acuerdo redujo las amenazas arancelarias de Trump y pausó los cargos portuarios. También abrió la puerta a posibles objetivos de compra para productos agrícolas, energía y aviones Boeing, además de negociaciones sobre un paquete de aproximadamente 30.000 millones de dólares en bienes «no sensibles», que incluye unas 10 categorías, aunque no hay consenso sobre su alcance.
Otro elemento central es el de las tierras raras y minerales. El acuerdo de Busan levantó los límites chinos a la exportación de esos materiales, clave para automóviles, defensa y tecnología, incluido el hardware esencial para la IA. Washington busca un suministro más estable y Beijing ha usado su posición dominante en el mercado internacional para llevar a Estados Unidos a la mesa de negociación en la guerra comercial.
Según Scott Bessent, la seguridad de la IA también estará en la agenda bilateral. Es una de las principales peticiones de líderes empresariales, aunque el sector no coincide sobre qué debería salir de esa conversación. Beijing quiere que Estados Unidos afloje algunas restricciones sobre tecnologías chinas. Al mismo tiempo, crece la presión para frenar el desarrollo de la IA por motivos de seguridad, y algunas empresas estadounidenses temen quedar rezagadas frente a China.
El frente regulatorio se cruza con el comercial. Trump ha desestimado en casa esas peticiones de regulación, y la discusión se enlaza con los controles a la exportación de chips y materiales relacionados. El resultado probable es una negociación de alto voltaje, pero sin certezas de fondo.
La lista de fricciones geopolíticas tampoco ayuda. China ha amenazado con retirarse de la cumbre si Estados Unidos aprueba nuevas ventas de armas a Taiwán. Aun así, se espera que ambos países hablen también de los vínculos económicos de China con Irán y de nacionales extranjeros detenidos. Washington busca más acceso a productos y mercados chinos, minerales críticos y compromisos en materia de seguridad; Beijing pide alivio frente a aranceles y restricciones.
Cada parte conserva palancas en varios tableros, desde África hasta América Latina, mientras intenta evitar que Taiwán y otros focos de tensión arruinen la relación económica. La reunión de mayo en Beijing estuvo cargada de simbolismo y dejó pocas concesiones. Anna Ashton, analista de comercio con China y fundadora de Ashton Intelligence, dijo a CNBC: «Creo que habrá alguna muestra de resultados porque se trata de una cumbre presidencial, pero no siento que estemos al borde de una ruptura importante». Añadió: «Creo que el statu quo es probablemente la mejor expectativa general de ambos lados».
Esa es, precisamente, la lectura que importa. Los mercados y las empresas pueden aspirar a señales de estabilidad, pero el incentivo real de ambas capitales es preservar margen de maniobra. El dato importa más que el ruido: ni Washington ni Beijing parecen dispuestos a entregar sus cartas estratégicas por un titular.
Para el orden internacional, el mensaje es claro. La economía y la seguridad vuelven a mezclarse en una misma mesa, y la dependencia de minerales críticos, chips y cadenas de suministro muestra hasta qué punto la libre empresa queda expuesta cuando el Estado convierte el comercio en instrumento de poder. Si la cumbre produce avances, serán parciales; si no, el statu quo seguirá siendo una forma elegante de decir que la rivalidad continúa.



