El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro británico, Andy Burnham, mantuvieron este lunes su primera conversación telefónica conocida desde que Washington puso en duda su tradicional neutralidad sobre la soberanía de las islas Malvinas. La llamada fue confirmada por Downing Street.
El comunicado oficial británico detalló que Burnham comenzó felicitando a Trump por el Día del Trabajo estadounidense y luego abordaron cuestiones económicas: el premier elogió los datos de empleo en EE.UU. y destacó señales de crecimiento en la economía británica. Según el texto, «se habían logrado avances, aunque reconoció que todavía quedaba trabajo por hacer».
La conversación también incluyó Ucrania —ambos coincidieron en la necesidad de un alto el fuego que evite nuevas muertes, con Burnham reiterando el respaldo británico a Kiev y a las negociaciones de paz encabezadas por Washington— y Medio Oriente, donde el primer ministro planteó tres prioridades: una solución de dos Estados para el conflicto israelí-palestino, la reapertura del estrecho de Ormuz y evitar que Irán obtenga un arma nuclear.
Lo que el comunicado no mencionó es, precisamente, lo que había generado la llamada como noticia: la disputa por las Malvinas. El antecedente es concreto. El 31 de agosto, Trump dijo desde la Casa Blanca que estaba revisando la postura estadounidense sobre las islas, administradas por el Reino Unido y reclamadas por la Argentina. Consultado sobre un posible cambio, respondió que «siempre» revisa todas las posiciones, sin anunciar entonces una decisión.
La frase, breve y ambigua, tuvo un efecto desigual en ambas capitales. En Londres encendió alarmas: Washington sostuvo durante décadas una neutralidad formal sobre la soberanía, un pilar tácito de la relación especial angloestadounidense. En Buenos Aires, en cambio, la declaración fue leída como una posible apertura favorable al reclamo argentino, en un momento de renovado endurecimiento de la política de Javier Milei sobre las islas.
Ese contraste explica por qué la ausencia de Malvinas en el comunicado de Downing Street es, en sí misma, un dato. El silencio no cierra el tema: lo deja abierto, y en diplomacia lo que no se dice suele pesar tanto como lo que se dice.
Al cierre de la llamada, ambos líderes acordaron mantenerse en contacto y expresaron intención de volver a hablar próximamente, según el comunicado oficial.
Conviene mirar los incentivos. Para Londres, cualquier gesto que sugiera que Washington reconsidera su neutralidad histórica es una amenaza directa a un statu quo que le ha sido favorable desde 1982. Para Buenos Aires, en cambio, la sola posibilidad de que Estados Unidos abandone su equidistancia representa una oportunidad diplomática que el gobierno de Milei ha buscado explotar con una política exterior más asertiva hacia la Casa Blanca y hacia el reclamo territorial.
El dato importa más que el ruido: no hubo anuncio de cambio de posición, solo una frase de Trump sobre «revisar todo», y un comunicado británico que optó por no tocar el tema. La historia sugiere cautela antes de leer en esta llamada una señal definitiva en cualquier dirección. Lo que sí queda claro es que Washington, con su ambigüedad calculada, conserva el control de la narrativa sobre un asunto que involucra la soberanía, la propiedad y el respaldo estratégico entre aliados —tres variables que Trump maneja como palancas, no como principios fijos.

