Donald Trump elevó el tono frente a Irán este martes en una entrevista con Fox News: el estrecho de Ormuz —paso que conecta los golfos Pérsico y de Omán y por el que transita una fracción decisiva del petróleo mundial— «se va a abrir muy pronto», o la República Islámica «recibirá un golpe muy duro» y entonces se abrirá igualmente.
Las palabras del presidente no dejaron margen de ambigüedad. «Si vuelven a echarse atrás, les va a caer una buena», advirtió, antes de añadir: «No tengo otra opción. No pueden tener un arma nuclear, es muy sencillo». Con esa frase, Trump ató explícitamente la cuestión del tránsito marítimo al expediente nuclear, convirtiendo Ormuz en palanca de presión directa sobre las negociaciones en curso.
El mandatario también describió el momento previo a las conversaciones diplomáticas. Según su relato, Washington se encaminaba hacia «un ataque tremendo, el mayor desde la Segunda Guerra Mundial», cuando Teherán solicitó hablar. «Me llamaron y me dijeron, muy educadamente: 'Por favor, ¿podemos hablar?'», narró Trump, quien afirmó haber suspendido los bombardeos a cambio de abrir un canal de diálogo.
La Administración estadounidense ha expresado confianza en alcanzar un acuerdo esta misma semana. Irán, por su parte, se limitó a calificar de «positivas» las conversaciones mantenidas con autoridades de Omán —país ribereño al otro lado del estrecho— sobre la gestión del tránsito en la zona. La distancia entre ambas descripciones es considerable.
El contexto geopolítico otorga peso específico a las amenazas. Ormuz es el cuello de botella energético más sensible del planeta; cualquier interrupción sostenida del tráfico en ese paso repercute de inmediato en los precios del crudo y en las cadenas de suministro globales. Que Trump haya elegido ese punto de presión —y no solo el expediente nuclear— revela una lógica de negociación orientada a maximizar el coste de la resistencia iraní.
Conviene mirar los incentivos. Para la Administración Trump, un acuerdo verificable esta semana sería un activo político de primera magnitud: demostraría que la presión máxima funciona donde la diplomacia de la era anterior no llegó. Marco Rubio y el equipo de política exterior han apostado por esa narrativa desde el primer día; un cierre satisfactorio la consolidaría.
Para Irán, el cálculo es inverso y más apremiante. La economía persa carga con décadas de sanciones, y la posibilidad de un golpe militar que paralice sus exportaciones —o destruya infraestructura nuclear— estrecha el margen de maniobra de Teherán hasta hacerlo casi nulo. La historia sugiere cautela: los acuerdos negociados bajo presión extrema son frágiles si no van acompañados de garantías creíbles. Pero la ausencia de acuerdo, en este caso, tiene un precio que Irán parece cada vez menos dispuesto a pagar.

