Donald Trump anunció el sábado por la noche la suspensión de un ataque planeado contra Irán, al sostener que sus aliados en Medio Oriente habían alcanzado las bases de un acuerdo para poner fin al conflicto que enfrenta a Washington, Israel y Teherán desde el 28 de febrero.
En una publicación en Truth Social, Trump escribió que accedía a cancelar la ofensiva «por el bien del mundo y, asimismo, por la supervivencia de un Irán próspero y exitoso», siempre que un acuerdo definitivo pudiera concretarse «rápidamente». Añadió que «Israel se une a este compromiso», aunque el gobierno israelí evitó hacer comentarios públicos sobre el anuncio.
El esquema descrito por Trump contempla tres pilares: la reapertura «inmediata, completa y total» del estrecho de Ormuz; el «fin de la amenaza nuclear iraní»; y la suspensión de ataques en toda la región, incluidas las ofensivas de milicias respaldadas por Irán contra países árabes del Golfo y Jordania. El plan también incluiría el levantamiento del bloqueo naval estadounidense sobre Irán, lo que permitiría a Teherán reanudar sus exportaciones de petróleo.
Un funcionario regional involucrado en los esfuerzos de mediación, citado bajo condición de anonimato, aclaró que todavía no existe un acuerdo definitivo y que la mediación continúa.
La decisión se produjo tras una conversación telefónica con el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman. Según la agencia oficial saudita, ambos analizaron la posibilidad de una nueva escalada y coincidieron en privilegiar el diálogo. Una persona familiarizada con la conversación señaló que las autoridades sauditas expresaron preocupación por la posibilidad de que Washington atacara infraestructura estratégica iraní —instalaciones energéticas o puentes— y desencadenara represalias contra el Golfo.
La semana previa fue de intensa actividad diplomática. El miércoles, el ministro de Defensa saudita, Khalid bin Salman, viajó a Washington para reunirse por separado con Trump y el vicepresidente JD Vance. El martes, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu visitó la Casa Blanca e insistió en mantener la presión militar sobre Irán.
Desde Jerusalén, el ministro de Energía Eli Cohen advirtió que Israel seguirá atacando si Irán intenta reactivar su programa nuclear o desarrollar misiles balísticos, independientemente de cualquier acuerdo. Teherán respondió con prudencia: el ministro de Defensa interino, el general Majid Ebn Al-Reza, calificó las amenazas estadounidenses de «guerra psicológica» y aseguró que Irán continuará reforzando su capacidad de disuasión.
El estrecho de Ormuz es un punto neurálgico del comercio energético mundial. Antes del conflicto, por ese paso circulaba cerca del 20% del petróleo y del gas natural licuado comercializados en el mundo. Su cierre parcial disparó los precios internacionales del crudo y alimentó nuevas presiones inflacionarias. Los mercados recibieron la posibilidad de reapertura con cautela, dado que un fracaso negociador podría provocar una nueva escalada. El Departamento de Estado emitió alertas de seguridad para ciudadanos estadounidenses en Bahrein, Israel, Irak, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
Conviene mirar los incentivos. La diplomacia de Marco Rubio y la presión militar sostenida de Trump han logrado algo que meses de declaraciones no consiguieron: sentar a los actores regionales ante la perspectiva concreta de un acuerdo. El costo de cinco meses de cierre parcial de Ormuz —precios del crudo elevados, inflación importada, cadenas de suministro tensas— es el argumento más poderoso sobre la mesa. La historia sugiere cautela: este conflicto ha alternado pausas y recaídas desde su inicio. Pero la geometría diplomática actual —Arabia Saudita como mediador activo, Israel condicionado y un Trump dispuesto a cancelar ataques a cambio de resultados verificables— ofrece una ventana más sólida que las anteriores. El dato importa más que el ruido: sin un texto firmado, toda celebración es prematura.

