Donald Trump dijo el domingo que habló con Volodymyr Zelensky para pedirle que detenga los ataques ucranianos contra refinerías rusas, por el impacto de esas operaciones en el precio del diésel.
Trump sostuvo que Zelensky «tiene que hacer una cosa: tiene que dejar de destruir el diésel en Rusia». Añadió: «Hay muchos otros objetivos. No golpeen el diésel, porque eso está dañando al mundo».
La discusión llegó cuando el diésel en Estados Unidos alcanzó un promedio nacional de $6.06 por galón, según datos de AAA citados por The New York Post, el nivel más alto registrado. Washington Examiner también señaló que el promedio llegó a $6 por galón por primera vez en la historia de Estados Unidos. En marzo, el promedio estaba por debajo de $4 por galón.
El combustible no es un dato menor. El diésel mueve camiones de carga, maquinaria agrícola, trenes y grandes barcos, por lo que un salto en su precio puede trasladarse con rapidez a los costos de bienes de consumo. Conviene mirar los incentivos: cuando sube el combustible que sostiene la logística, la economía real paga la factura.
Según The New York Post, Ucrania ha estado atacando refinerías de petróleo y gas rusas en los últimos meses para golpear la principal fuente de ingresos del Kremlin. Washington Examiner añade que esos ataques a refinerías dieron a Ucrania su primera victoria notable desde la invasión fallida de Kursk en 2024, al causar daño económico visible y alterar la vida cotidiana en algunas zonas de Rusia.
Trump dijo también que había «plenty of other targets», es decir, «muchos otros objetivos», y recalcó que Estados Unidos no quiere que Kyiv apunte a instalaciones de combustible diésel.
Las fuentes también describen una cadena de efectos más amplia. The New York Post afirma que los ataques iraníes y de sus aliados contra refinerías en el Golfo contribuyeron a una caída de 8% en la oferta mundial de diésel. Añadió que las refinerías estadounidenses ya operan al 98% de capacidad.
En paralelo, Kyiv sostiene que los ataques de largo alcance contra la industria petrolera y gasífera rusa financian e impulsan directamente la invasión de Moscú contra su vecino.
La lectura política es clara: cuando la guerra toca el precio del diésel, deja de ser solo un asunto militar y pasa a golpear el bolsillo de consumidores, empresas y gobiernos. En esa ecuación, el costo ya no lo pagan solo los combatientes, sino el aparato productivo entero.
Trump intenta poner un límite pragmático a una campaña de drones que, según las fuentes, sí ha producido daños reales dentro de Rusia pero también está repercutiendo en los mercados energéticos. El principio en juego es simple: la infraestructura que sostiene la libre circulación de bienes no puede convertirse en un daño colateral permanente sin factura económica para todos.



