Donald Trump afirmó este sábado 12 de septiembre, durante su visita de dos días a Irlanda, que Estados Unidos «ganó la guerra» en Venezuela y que la relación con las autoridades que administran el país avanza de manera favorable.
Sus palabras llegaron al referirse al acuerdo petrolero alcanzado entre Washington y el chavismo, que contempla el control estadounidense de más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas. Trump dijo que «estamos trabajando muy bien con la gente que ahora está a cargo» y añadió que los ingresos del petróleo ya habrían compensado ampliamente el costo de la operación militar estadounidense.
El presidente insistió en la magnitud de las reservas venezolanas. Dijo que «son 65.000 millones de barriles de petróleo» y que serían suficientes para 500 años. También afirmó que Venezuela es «uno de los dos o tres lugares más fértiles del mundo en términos de petróleo y otras cosas».
El gobierno estadounidense ha presentado el acuerdo como una pieza central de su estrategia energética y sostiene que permitirá ampliar la producción venezolana mediante inversión privada y participación de empresas estadounidenses. Trump también describió con entusiasmo el potencial de extracción en el país y comparó las dificultades que enfrentan las compañías para localizar nuevos yacimientos en otros lugares con la facilidad que, según él, existe en territorio venezolano.
«En Venezuela, simplemente haces esto. ¿Eh? Hay petróleo saliendo del suelo», dijo. Luego añadió: «si quieres petróleo, este lugar es increíble». Más adelante, insistió en que «hay petróleo brotando por allí» y que «nadie ha visto algo parecido».
Trump sostuvo además que «las grandes compañías petroleras están entrando». Según dijo, están empezando a perforar y a construir plataformas. Washington anunció recientemente acuerdos con empresas como Chevron y Eni para ampliar la producción y modernizar parte de la infraestructura energética venezolana.
El cambio de tono importa por una razón simple: muestra que la política hacia Venezuela ya no se discute solo en clave diplomática o ideológica, sino como una operación de energía, capital e incentivos. Conviene mirar los incentivos. Si el acuerdo avanza como lo plantea Washington, el beneficio potencial cae en la expansión de la oferta petrolera y en nuevas oportunidades para la libre empresa; el costo y el riesgo, en cambio, siguen anclados en la intervención del aparato estatal y en una arquitectura política que Trump describe como exitosa sin ofrecer más que su propia versión.
También hay una lección para el orden internacional. Cuando un gobierno convierte un país en pieza de su estrategia energética, la retórica de victoria pesa menos que la capacidad real de sostener producción, inversión y estabilidad jurídica. El dato importa más que el ruido. Por ahora, lo verificable es que Washington ha puesto el petróleo venezolano en el centro de su apuesta y que Trump lo presenta como un negocio de enorme escala, no como una causa de principios.

