El presidente Donald Trump asistió el miércoles a la ceremonia de retorno de cuatro soldados caídos en la Base de la Fuerza Aérea de Dover y, antes del acto, declaró a los periodistas que cada uno de ellos había muerto apoyando la guerra con Irán. «Todos ellos dijeron con mucha firmeza: 'No podemos dejar que Irán tenga un arma nuclear'», afirmó Trump mientras viajaba a la ceremonia.
El presidente no explicó cómo conocía las opiniones de los soldados fallecidos. Las familias de los cuatro militares no han expresado públicamente apoyo al conflicto. El sargento Michael Emmanuel Swinton, de 30 años, fue descrito por su madre como un bromista. Isabella Gonzales, de 19 años, fue llamada simplemente «soldado» por su tío. El primer teniente Tyler James Feehan, de 25 años, fue retratado por su familia como un mentor que «creía profundamente en el poder del servicio militar». La sargento Angel S. Rampersad, de 28 años, fue denominada una «gigante amable» por los suyos.
Tras la ceremonia, Trump llevó a la familia afligida de uno de los soldados a su mitin político en Georgia.
El costo hasta ahora
La guerra con Irán ha dejado al menos 18 militares estadounidenses muertos, según los datos recogidos en las fuentes disponibles. Trump prometió en su momento que sería «una pequeña excursión». En los últimos días ha intentado contextualizar esa cifra comparándola con las bajas de Vietnam, Afganistán e Irak, conflictos que causaron miles de muertos, y con la operación en Venezuela del invierno pasado, de la que se ha enorgullecido de afirmar que resultó en cero muertes.
El martes, el Comando Central de Estados Unidos informó en redes sociales que el ejército había comenzado a atacar objetivos por undécimo día consecutivo, en un esfuerzo destinado a sofocar amenazas del ejército iraní contra buques comerciales.
La encuesta que Trump no citó
El mismo miércoles, antes de viajar a Dover, Trump aseguró que «los estadounidenses no están en contra de la guerra», citando una encuesta que no identificó. Sin embargo, según una encuesta de Washington Post-Ipsos publicada la semana pasada, solo el 29% de los estadounidenses apoya el conflicto. Esa misma encuesta mostró que la mayoría de los ciudadanos no cree que sus perspectivas económicas vayan a mejorar. Los encuestadores llevan meses registrando una creciente frustración con la guerra, incluso dentro del Partido Republicano.
Flanqueado por el secretario de Defensa Pete Hegseth y el general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, Trump inclinó la cabeza frente al avión C-17 que transportó los restos. Luego observó en silencio cómo los cajones cubiertos con la bandera estadounidense eran retirados del aparato.
La lectura de Continente
Conviene mirar los incentivos. Trump enfrenta una presión política creciente en un conflicto que él mismo encuadró como breve y quirúrgico. Atribuir convicciones bélicas a soldados que ya no pueden desmentirlo es, en el mejor de los casos, una apuesta retórica arriesgada; en el peor, una instrumentalización del duelo que las propias familias no han avalado. El dato importa más que el ruido: cuando solo tres de cada diez ciudadanos respaldan una guerra y el número de bajas sigue creciendo, el margen político se estrecha con cada cajón que baja de un C-17. La administración necesita resultados verificables, no comparaciones con Vietnam, para sostener la narrativa de que el sacrificio vale la pena.



