Donald Trump recibió este jueves en la Casa Blanca a Xi Jinping y volvió a insistir en el terreno personal. Dijo que ambos han forjado una «amistad verdaderamente extraordinaria», basada en el respeto mutuo y en los intereses vitales de sus pueblos.
Trump también afirmó que quiere trabajar con el presidente chino para forjar «un futuro mejor» para ambos países. Señaló que Xi es el primer presidente chino en realizar dos visitas de Estado a Washington, tras la realizada en 2015 durante el mandato de Barack Obama.
El mandatario estadounidense recordó además la referencia histórica de la Segunda Guerra Mundial. Según dijo, Estados Unidos y China fueron «aliados» entonces, cuando Washington cooperó con fuerzas chinas frente a la ocupación japonesa.
Xi y Trump se reunieron por segunda vez este año. Antes, ambos se habían encontrado en Pekín en mayo. En esta ocasión, el objetivo declarado es rebajar tensiones en una relación marcada por disputas comerciales, tecnológicas y geopolíticas.
Entre los frentes abiertos figuran los aranceles, las tierras raras, la guerra de Irán, Taiwán y la carrera por la inteligencia artificial. No se esperan grandes acuerdos, aunque ambos líderes tratarán de preservar el tono cordial de sus encuentros previos y mantener abiertos los canales de diálogo.
Xi, por su parte, dijo antes de la cumbre que las dos potencias deben seguir compitiendo, pero alejadas «del conflicto y la confrontación». También instó a Washington y Pekín a «fortalecer la comunicación» y a «cooperar con sinceridad».
Conviene mirar los incentivos. Trump presenta la relación con China en clave personal, como si la química entre líderes pudiera contener una rivalidad estructural. Es una apuesta útil para la foto y para evitar un deterioro inmediato. Pero la lista de fricciones sigue ahí, y es larga.
Para el contribuyente estadounidense, el valor de esta aproximación se medirá en resultados concretos, no en adjetivos amables. Si la cordialidad sirve para preservar estabilidad y reducir el riesgo de una escalada, bien. Si solo maquilla tensiones que siguen alimentando aranceles, incertidumbre y competencia estratégica, el costo lo absorberán las empresas y los consumidores.
La historia sugiere cautela. En un orden internacional cada vez más volátil, el diálogo importa. Pero la relación entre las dos mayores potencias no se resolverá con una cena en la Casa Blanca ni con elogios recíprocos. Se resolverá, si acaso, en la disciplina de aceptar que la hegemonía tecnológica, comercial y militar ya es parte de la disputa.



