El presidente Donald Trump llegó el miércoles a la Base Aérea de Dover, Delaware, para la ceremonia de repatriación de cuatro militares estadounidenses muertos en los últimos días de combates con Irán. «Es una de las cosas más difíciles que tengo que hacer como presidente, pero tiene que hacerse», dijo Trump a los periodistas antes de reunirse con las familias Gold Star.
Los cuatro caídos tienen nombre y apellido. Tyler James Feehan, 25 años, de Ewa Beach, Hawái, e Isabella Gonzales, 19 años, de Carrollton, Texas, murieron en un ataque de misiles iraníes contra una base militar jordana. El tercer soldado fallecido en ese mismo ataque es identificado como Angel S. Rampersad, 28 años, de Ozone Park, Nueva York. El cuarto, Michael Emmanuel Swinton, 30 años, de Spring Lake, Carolina del Norte, murió en Iraq durante la detonación controlada de un dron iraní derribado.
Mientras honraba a los caídos, Trump escalaba la retórica. En una publicación en redes sociales, el presidente advirtió que «a partir de este momento, cada vez que la República Islámica de Irán dispare contra un buque en el Estrecho de Ormuz, Estados Unidos bombardeará y destruirá UN PUENTE O UNA PLANTA ELÉCTRICA». La amenaza llegó tras la undécima noche consecutiva de ataques aéreos estadounidenses contra Irán, según el Comando Central de EE.UU., que reportó operaciones contra centros de mando militares iraníes, capacidades marítimas, hangares de aeronaves, instalaciones de almacenamiento de drones e infraestructura logística. Medios iraníes informaron explosiones en varias provincias, incluida la zona de Tabriz, en el noroeste, un área que no había sido alcanzada previamente en esta ronda de combates.
El contexto político doméstico complica el cuadro. El presidente descartó sondeos que muestran que una mayoría significativa de estadounidenses se opone a la guerra, argumentando que «los estadounidenses no están contra la guerra» y atribuyendo el malestar al precio de la gasolina. Fue más lejos: afirmó que Irán «probablemente» busca perjudicar a los republicanos en las elecciones de mitad de período de noviembre al prolongar el conflicto. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, republicano de Luisiana, se sumó a quienes piden una resolución rápida: «Ahora hay que cerrarlo», dijo el martes ante la prensa en el Capitolio.
La guerra, que comenzó el 28 de febrero, incluye un alto el fuego que rigió desde el 8 de abril, seguido de un acuerdo de paz preliminar firmado por Trump el 17 de junio. Ese entendimiento provisional quedó en suspenso tras nuevos ataques iraníes en el Estrecho de Ormuz. Trump lleva meses intentando negociar el fin del conflicto con Teherán.
Conviene mirar los incentivos. Irán ha demostrado capacidad para interrumpir una de las arterias comerciales más sensibles del planeta; cada ataque en el Hormuz eleva los costos del seguro marítimo, presiona los precios del crudo y traslada la factura directamente a los consumidores y empresas. La amenaza de destruir infraestructura civil —puentes, plantas eléctricas— introduce una nueva variable de escalada que los mercados de energía ya están procesando con nerviosismo.
El dato importa más que el ruido. Cuatro soldados jóvenes —el mayor tenía 30 años— regresan en ataúdes a suelo americano mientras el acuerdo de junio yace archivado. La presión bipartidista para cerrar el conflicto existe, pero la dinámica sobre el terreno sigue siendo la del escalador: cada ataque iraní genera una respuesta estadounidense más amplia, y cada amenaza de Trump eleva el umbral que Teherán debe cruzar para negociar en serio. La historia sugiere cautela ante la idea de que la presión máxima, sin una salida diplomática creíble, conduce por sí sola a la paz.



