Donald Trump dijo en Dublín que la guerra con Irán, ya de seis meses, está cerca de cerrarse. «Creo que sí, probablemente sí. Ahora están sobre los talones», afirmó sobre los iraníes durante una reunión con Micheál Martin, primer ministro de Irlanda, al inicio de su viaje a ese país.
El presidente añadió que las cosas saldrán «fine and dandy», expresión que reforzó su tono de optimismo sobre un conflicto que, por ahora, sigue abierto. También sostuvo que Irán fue probablemente responsable de ataques contra el oleoducto East-West de Arabia Saudita, cuya operación fue suspendida el viernes tras múltiples ataques con drones que, según el texto, habrían salido de Irak, donde Irán tiene influencia.
La referencia no es menor. El oleoducto saudí es una pieza de la infraestructura energética del Golfo, y cualquier interrupción golpea la seguridad de suministro en una zona que ya opera bajo tensión geopolítica permanente. Conviene mirar los incentivos: cuando un presidente estadounidense habla de cierre inminente, no solo comunica confianza, también busca proyectar control sobre una crisis que afecta al orden internacional y a los mercados.
Trump también dijo que ha habido conversaciones con los hutíes y que el grupo «no quiere pelear» con Estados Unidos. Según el presidente, los hutíes preferirían que Washington no actuara contra ellos y estarían dejando pasar la mayoría de los barcos, salvo los vinculados con un país al que «no están muy contentos». Aseguró además que la situación se «arreglará».
El dato importa más que el ruido. En paralelo a su mensaje conciliador, los hutíes tomaron recientemente la isla Perim, un territorio vital frente a la costa de Yemen, en la entrada al mar Rojo, una ruta clave para el tránsito marítimo. Esa combinación —optimismo presidencial y movimientos sobre el terreno— sugiere que la calma todavía depende de actores armados que no responden a una sola capital.
Trump, además, tiene previsto viajar más tarde el sábado a su campo de golf en Doonbeg, en el condado de Clare, donde asiste al Abierto de Irlanda.
Desde la óptica de la disciplina estratégica, el mensaje de Trump apunta a algo más que diplomacia verbal. Si Washington logra encarrilar una desescalada sin ampliar su compromiso militar, habrá menos presión sobre la flota, menos riesgo para el comercio y menos costo para el contribuyente estadounidense. Si no, el conflicto seguirá marcando el equilibrio entre disuasión, libre navegación y poder regional.
La historia sugiere cautela. En Oriente Medio, las declaraciones de cierre suelen ir por delante de los hechos. Por eso, el verdadero indicador no es el tono optimista en Dublín, sino si cesan los ataques, se estabilizan las rutas y Irán deja de operar a través de proxies que alteran la seguridad regional.



