El presidente Donald Trump declaró el viernes que Arabia Saudita deberá incorporarse a los Acuerdos de Abraham antes de que Washington avance en un acuerdo de cooperación nuclear civil con Riad. La declaración llegó horas después de que el secretario de Energía, Chris Wright, anunciara progresos en las negociaciones.
Interrogado sobre si había añadido una condición nueva al proceso, Trump rechazó la premisa. «No, nadie se adelantó. Digo que, para hacerlo, tienen que ser miembros de los Acuerdos de Abraham, que han sido muy exitosos. Pero ya es hora de que lo hagan», afirmó el mandatario desde la Oficina Oval.
Cuando un periodista preguntó por qué Wright había firmado el acuerdo si esa condición persistía, Trump precisó que cualquier pacto seguiría sujeto a la aprobación del Congreso. «Porque entendían que, sujeto al Congreso y todo lo demás, para que ese acuerdo avanzara, tenían que firmar los Acuerdos de Abraham», dijo. «Creemos que los Acuerdos de Abraham traen paz a Oriente Medio», agregó.
Trump también sostuvo que el paisaje de seguridad regional había cambiado de manera sustancial. «Ya no existe el factor Irán. Ya no hay un Irán del que preocuparse porque han sido reducidos en capacidad y poder muchas veces», señaló, en referencia al debilitamiento militar que atribuye a acciones recientes.
La administración Trump impulsa una expansión de la energía nuclear —tanto reactores convencionales de gran escala como unidades modulares más pequeñas— tras una serie de órdenes ejecutivas del presidente, quien ve los reactores nucleares como fuente clave de energía para centros de datos y crecimiento económico.
El anuncio de Wright había generado tensiones en el Congreso, donde legisladores de ambos partidos cuestionaron los riesgos de respaldar un programa nuclear en Oriente Medio. Trump, sin embargo, insistió en que la condición de los Acuerdos de Abraham nunca estuvo fuera de la ecuación.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Para la Casa Blanca, vincular el acuerdo nuclear a los Acuerdos de Abraham es una palanca de diplomacia clásica: tecnología civil a cambio de normalización regional. Si Riad acepta, Washington obtiene un avance geopolítico de primer orden —la integración de la mayor potencia árabe sunita con Israel— y la industria nuclear estadounidense gana acceso a un mercado de alto valor.
El dato importa más que el ruido: la condición no es nueva en la arquitectura de la política exterior de Trump, sino coherente con la lógica transaccional que produjo los acuerdos originales de 2020. La pregunta real es si Arabia Saudita está dispuesta a pagar ese precio político en un momento en que la guerra en Gaza sigue sin resolverse. Mientras esa incógnita persiste, el acuerdo permanece en el aire —y el Congreso, que deberá ratificarlo, tiene sus propias reservas sobre proliferación nuclear en la región.



