El presidente Donald Trump publicó el sábado en su plataforma Truth Social que Estados Unidos e Israel habían acordado posponer nuevos ataques contra Irán, condicionando la suspensión a que se alcance «rápidamente» un acuerdo de paz en Oriente Medio. «The U.S.A. is locked and loaded», escribió Trump, quien aseguró que el país estaba «listo para atacar a la República Islámica de Irán con un nivel de terror militar, fuerza y poderío no visto desde la Segunda Guerra Mundial».
El giro ocurrió tras conversaciones diplomáticas en cadena. Según la agencia de prensa saudita SPA, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán habló con Trump y «subrayó la necesidad de dar prioridad al diálogo para reducir las tensiones». Teherán, por su parte, se comunicó con Riad, Pakistán y Turquía sobre «el riesgo de una escalada de las tensiones y la inseguridad en la región», según medios estatales iraníes.
Trump fijó dos condiciones públicas para el acuerdo: la «Inmediata, Completa y Total APERTURA DEL ESTRECHO DE ORMUZ» y el fin de la amenaza nuclear iraní. Afirmó que Israel «se une a este compromiso».
Teherán respondió con escepticismo. La agencia iraní Mehr calificó el anuncio de Trump de «nueva mentira» y señaló que las fuerzas armadas iraníes se encontraban «en máxima alerta y listas ante cualquier eventualidad». La agencia Fars citó a una fuente cercana a los negociadores iraníes que advirtió que el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado «mientras Estados Unidos mantenga sus acciones hostiles».
El contexto es de guerra activa. El conflicto comenzó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel bombardearon Irán, y lleva más de cinco meses sin solución a la vista. Un alto el fuego anterior que contemplaba la reapertura de Ormuz fracasó; desde entonces, Irán ha reforzado su control sobre esa vía marítima y exige a los buques permiso y tasas de tránsito. La firma Kpler señaló que el tráfico por el estrecho se ha desplomado. La reanudación de hostilidades ha impulsado nuevamente los precios internacionales del petróleo.
El conflicto ha abierto frentes adicionales. Egipto sufrió el miércoles un ataque por primera vez desde el inicio de la guerra: un dron alcanzó dos buques gaseros en el puerto de Damieta, uno operado por una empresa estadounidense. Un «proyectil desconocido» impactó un petrolero frente a la costa de Omán. En el mar Rojo, los rebeldes hutíes de Yemen, respaldados por Irán, anunciaron un bloqueo de puertos sauditas y han reivindicado ataques contra petroleros e instalaciones del reino, amenazando también el estrecho de Bab el Mandeb.
La cronología política añade presión: el anuncio de Trump llega tres meses antes de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, en las que el Partido Republicano podría perder el control del Congreso.
Conviene mirar los incentivos. El cierre de Ormuz no es un detalle técnico: es la yugular energética del mundo, y cada semana que permanece bloqueado transfiere costos reales a consumidores, empresas y economías que no tienen voto en esta disputa. La diplomacia de Riad como intermediario silencioso merece más atención de la que suele recibir; sin ese canal, la escalada del fin de semana habría tenido menos frenos.
El dato importa más que el ruido. La contradicción entre el anuncio de Trump y la respuesta iraní revela que no existe aún ningún acuerdo verificable, solo una pausa frágil sostenida por llamadas telefónicas. La historia de este conflicto —un alto el fuego ya roto, un estrecho ya cerrado— sugiere que la presión militar sin arquitectura diplomática sólida produce treguas, no soluciones. El costo de esa brecha lo pagan los mercados de energía y, en última instancia, los contribuyentes y consumidores de ambos lados del Atlántico.

