El presidente Donald Trump adelantó desde Camp David, durante una reunión de gabinete celebrada el viernes, que se aproximan nuevos ataques militares contra Irán. «Llevamos cinco meses y hemos destruido su capacidad militar», declaró Trump. «Todavía les queda algo, pero pronto no les quedará nada».
El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) ha preparado una operación a gran escala: una campaña de bombardeos sostenidos de entre diez y catorce días que, según dos fuentes confirmaron al New York Post, buscaría eliminar las capacidades misilísticas restantes del régimen iraní. La propuesta fue diseñada por el almirante Brad Cooper, jefe del CENTCOM, y representa la acción militar más significativa que Washington habría emprendido desde el alto el fuego inicial del 8 de abril, que puso fin a la primera fase del conflicto.
Un alto funcionario de la administración dijo al Wall Street Journal que Trump «está en un estado de ánimo escalatorio», aunque aún evalúa «la profundidad de esa respuesta». La campaña no es la única opción sobre la mesa, pero sería la más contundente.
El presidente adoptó ese tono después de que Irán intentara un ataque sorpresa contra fuerzas estadounidenses a principios de semana. En respuesta, Estados Unidos lanzó ataques contra decenas de objetivos vinculados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), incluyendo centros de mando e instalaciones de misiles y drones, en lo que la administración calificó como una «respuesta poderosa».
No obstante, Trump no ha cerrado la puerta a la diplomacia. «Vamos a dejarlos seguir hablando», señaló ante Fox News. El problema es que las negociaciones no avanzan: incluso los mediadores han expresado frustración ante la falta de progreso. Una fuente familiarizada con las discusiones internas describió una fractura dentro del propio régimen: el canciller Abbas Araghchi y el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Qalibaf estarían en «una página completamente diferente» a la del IRGC, que mantiene una postura belicosa.
Desde el flanco militar estadounidense también hay voces de cautela. El general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, ha advertido a la Casa Blanca que una campaña ampliada podría agotar aún más las reservas de interceptores de defensa aérea necesarios para proteger a las fuerzas y aliados de Estados Unidos en todo el mundo. La tensión entre escalada y sostenibilidad logística define el dilema estratégico del momento.
El dato importa más que el ruido. Cinco meses de operaciones militares han degradado severamente el aparato bélico iraní, pero el régimen conserva capacidad de represalia, como lo demuestran sus ataques con misiles contra fuerzas estadounidenses y aliados regionales en las últimas semanas. La arquitectura de la disuasión se pone a prueba precisamente cuando el adversario, debilitado, intenta demostrar que aún puede golpear.
Conviene mirar los incentivos. La división interna en Teherán —negociadores dispuestos a ceder frente a un IRGC que prefiere la guerra— revela que el régimen no es monolítico. Washington tiene allí una palanca: la presión militar sostenida puede fortalecer a quienes dentro del sistema iraní calculan que la supervivencia del régimen exige un acuerdo. La pregunta no es si Estados Unidos tiene la voluntad de escalar, sino si sabe exactamente cuánta presión se necesita para producir un resultado negociado antes de que el costo logístico lo haga insostenible.

