El presidente Donald Trump advirtió este miércoles que Washington lanzaría una nueva ofensiva militar contra Irán antes del cierre del día. «Les dimos un golpe muy duro. Probablemente les daremos otro golpe duro esta noche», afirmó durante una rueda de prensa en Ankara, donde se celebraba la cumbre de la OTAN.
Sobre la vigencia del alto el fuego firmado el 17 de junio, Trump fue categórico: «Para mí, creo que se acabó». Añadió que los contactos diplomáticos pueden continuar, aunque descartó que sirvan de algo: «Pueden hablar, pero creo que están perdiendo el tiempo».
El detonante inmediato de la escalada fueron los ataques iraníes contra buques mercantes en el estrecho de Ormuz, según informó la agencia Associated Press. En respuesta, Estados Unidos bombardeó infraestructura militar iraní; Teherán replicó con ataques contra bases estadounidenses en el golfo Pérsico.
El Pentágono detalló la magnitud de las operaciones ya ejecutadas: destrucción de sistemas de defensa aérea, radares, posiciones de vigilancia costera, instalaciones subterráneas para almacenar drones y misiles, y más de 60 embarcaciones pequeñas de la Guardia Revolucionaria. El secretario de Defensa Pete Hegseth precisó que los objetivos fueron todas las instalaciones utilizadas por Irán para hostigar el tráfico en Ormuz. Trump cifró en 28 los barcos iraníes destruidos y confirmó que el Comando Central desplegó más de 20 buques de guerra en la región.
Entre los blancos declarados figura la isla de Jarg, principal terminal petrolera iraní. «Atacamos la isla de Jarg anoche y destruimos una parte», afirmó Trump, quien no descartó volver a bombardearla ni, en sus propias palabras, «hacerse con la isla». Jarg concentra aproximadamente el 90% de las exportaciones petroleras iraníes y tiene capacidad para cargar hasta 7 millones de barriles diarios.
Las amenazas no se detuvieron ahí. Trump advirtió que Estados Unidos podría destruir puentes, instalaciones de generación eléctrica y plantas desalinizadoras iraníes si fuera necesario, y subrayó que la campaña aún no opera «al máximo nivel».
Irán respondió con ataques contra bases de EE.UU. en Bahréin y Kuwait. Las autoridades kuwaitíes confirmaron la interceptación de 2 misiles balísticos y 13 drones, aunque reportaron daños en infraestructura eléctrica por metralla. Los medios estatales iraníes informaron explosiones en Bandar Mahshahr y en la provincia de Bushehr, donde se encuentra la principal central nuclear del país. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, publicó en X: «La era del acoso y la extorsión ha terminado. No nos rendiremos». El Ministerio de Exteriores iraní sostuvo que los ataques y la revocación de la autorización para vender petróleo «han dejado sin efecto partes clave» del memorando de cese de hostilidades.
Trump calificó la campaña de «tremendo éxito» en su objetivo central: «Lo más importante es que la gente loca no tenga acceso a armas nucleares, y eso es lo que hemos conseguido», declaró en Ankara.
El dato importa más que el ruido. El estrecho de Ormuz transportaba antes del conflicto cerca de una quinta parte del petróleo y gas natural comercializados en el mundo; cualquier interrupción sostenida de ese flujo se traduce en un impuesto regresivo sobre cada economía que depende de energía importada. La postura de Washington —proteger rutas marítimas abiertas y eliminar la capacidad nuclear de un régimen que amenaza a sus vecinos— responde a una lógica de orden internacional que el libre comercio requiere para funcionar. La pregunta que los mercados ya están descontando es si la presión máxima forzará una negociación real o si Teherán, sin salida económica visible, optará por escalar más allá del golfo. La historia sugiere cautela: los regímenes acorralados rara vez calculan con frialdad.

