Donald Trump dijo el domingo que los hutíes de Yemen han aceptado no atacar a Estados Unidos, de acuerdo con lo reportado por Fox News. Trey Yingst, periodista de esa cadena que habla con frecuencia con Trump, dijo que el presidente aseguró que Washington está «en comunicación constante con los hutíes» y que ellos «han acordado no luchar contra Estados Unidos».
Trump ya había hecho una afirmación similar el 12 de septiembre, cuando dijo durante una visita a Irlanda: «Los hutíes nos llamaron y no quieren luchar contra nosotros». Añadió entonces: «No quieren que vayamos tras ellos».
La versión del presidente llega en un momento en que los hutíes han intensificado sus ataques contra Arabia Saudita, aliado de Washington. El grupo proiraní también ha llevado a cabo una ofensiva rápida en Yemen y ha tomado amplias zonas de territorio del gobierno reconocido internacionalmente, respaldado por Arabia Saudita.
Fox News informó además que Trump está decidiendo los siguientes pasos en el conflicto directo con Irán, desatado tras los ataques contra la república islámica de fuerzas estadounidenses e israelíes el 28 de febrero. Yingst dijo que Trump le comentó que «pasarán cosas grandes en un futuro no muy lejano» y que a los iraníes «más les vale comportarse», ya que sopesa «volar o no su nación».
El dato importa más que el ruido: lo que Trump presenta como una desescalada con los hutíes convive con una guerra más amplia en la que Arabia Saudita sigue bajo presión y el conflicto con Irán sigue abierto. La paz verbal con un frente no equivale a estabilidad estratégica.
Para Washington, el episodio sugiere una política exterior todavía guiada por la disuasión y el cálculo de costos. Para los contribuyentes estadounidenses, la pregunta es simple: cuánto riesgo adicional está dispuesto a asumir el aparato estatal en un tablero donde las amenazas se multiplican y las promesas de contención son parciales. La historia sugiere cautela.



