El presidente Donald Trump afirmó este 29 de julio que se sentiría «decepcionado» si China suministrara armas a Irán, y recordó las garantías que, según sus propias palabras, le ofreció el presidente Xi Jinping de que Pekín no vendería armamento a Teherán.
Las declaraciones se produjeron en el Despacho Oval, luego de que periodistas le preguntaran sobre un reporte de Reuters según el cual Irán recibiría en las próximas semanas un envío de hasta 400 misiles portátiles de fabricación china. «Eso fue sorprendente. Quiero decir, cosas así pasan, pero eso sí que sería sorprendente», declaró Trump.
El mandatario añadió que Xi le comunicó «con toda claridad» que no participaría en ese tipo de transferencias, y anticipó que el líder chino tiene previsto visitar Estados Unidos el 24 de septiembre para asistir a una cumbre.
No es la primera vez que Trump plantea esta preocupación. En abril ya había señalado que Xi le informó mediante una carta que Pekín no estaba suministrando armas a Irán durante la guerra contra ese país. La fuente precisa, no obstante, que China no envía armas directamente a Irán, aunque sí le proporciona tecnología de doble uso.
Según Reuters, los envíos de los sistemas portátiles de defensa aérea transitarían por Pakistán hacia Irán, sin que el reporte especificara la vía —aérea o terrestre. El Ministerio de Asuntos Exteriores de China desmintió la información y la calificó de «infundada».
Trump ya había amenazado con imponer un arancel de 50 por ciento a los productos procedentes de países que armen a Teherán, una medida que, de aplicarse, podría alterar la relación económica entre las dos mayores economías del mundo. La fuente también señala que el cierre del estrecho de Ormuz ha interrumpido los flujos de energía hacia China, uno de los principales compradores de petróleo iraní, añadiendo tensión a ese vínculo bilateral.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, la amenaza arancelaria cumple una doble función: presiona a Pekín en el terreno de la seguridad regional y refuerza la arquitectura de sanciones que Washington ha construido alrededor de Teherán. El dato importa más que el ruido: si China efectivamente transfiriera esos sistemas de defensa aérea —aunque sea por rutas indirectas como Pakistán—, el costo diplomático y económico para Pekín sería considerable, dado el volumen del comercio bilateral en juego.
La visita anunciada de Xi para el 24 de septiembre convierte este episodio en una prueba de temperatura para la relación entre las dos potencias. Washington ha elegido la vía de la advertencia pública antes que el silencio diplomático, una señal de que la Casa Blanca considera que la presión abierta rinde más que la discreción. La historia sugiere cautela: las garantías verbales entre grandes potencias tienen el valor que los hechos posteriores les confieren.



