Seis de las 30 ballenas beluga del clausurado parque canadiense Marineland iniciaron esta semana su traslado hacia nuevos hogares en Estados Unidos, en la primera fase de una operación que repartirá a los cetáceos entre cuatro instalaciones estadounidenses y el Oceanogràfic de Valencia, en España.
Los primeros seis ejemplares partieron desde Niagara Falls, Ontario, y llegaron el martes a los acuarios de Chicago y San Antonio. Viajaron por carretera y avión en contenedores de agua fría, acompañados en todo momento por veterinarios y cuidadores que, según los propios acuarios, permanecían con frecuencia dentro del agua junto a los animales.
El plan distribuye a las belugas —nombre científico Delphinapterus leucas— entre el Shedd Aquarium de Chicago, el Georgia Aquarium de Atlanta y los parques SeaWorld de San Antonio y San Diego, todos ellos acreditados por la Asociación de Zoológicos y Acuarios (AZA, por sus siglas en inglés). El Shedd acogerá hasta diez ejemplares, cuatro de los cuales ya se encuentran en sus instalaciones. SeaWorld San Antonio recibió otros dos, y el Georgia Aquarium prevé incorporar dos más en una fecha que no ha divulgado.
El único traslado pendiente es el de Valencia. El Oceanogràfic aguarda las autorizaciones del gobierno español para completar su parte del acuerdo, sin que exista un calendario confirmado.
Marineland cerró en 2024 tras años de denuncias por las condiciones en que mantenía a sus animales. Canadá autorizó el traslado en junio de este año, después de rechazar un plan previo que contemplaba enviar a las belugas a un parque en China. El traslado del resto de los cetáceos continuará en los próximos meses, supeditado al estado de salud de cada animal y sin un calendario cerrado.
El Shedd Aquarium trabaja las 24 horas para aclimatar a los recién llegados y aún no los ha mostrado al público. «Vigilamos que coman, socialicen entre ellas e investiguen el hábitat, señales alentadoras de su progreso», explicó Charlie Jacobsma, director de comportamiento animal y entrenamiento de la institución. SeaWorld sigue un proceso similar antes de presentarlos a sus visitantes.
Conviene mirar los incentivos detrás de esta historia. La decisión de Ottawa de rechazar el destino chino y optar por instalaciones acreditadas por la AZA no es un detalle menor: refleja una preferencia por estándares de bienestar animal verificables frente a alternativas opacas. Las instituciones receptoras —privadas o mixtas, sometidas a escrutinio público y certificación independiente— ofrecen exactamente el tipo de marco que la libre empresa y la rendición de cuentas pueden producir cuando operan correctamente.
El dato importa más que el ruido. Marineland no cerró por regulación burocrática espontánea, sino por años de presión documentada sobre sus condiciones. Que el desenlace sea la integración de sus animales en redes de conservación acreditadas, y no su envío a jurisdicciones sin estándares equivalentes, es un resultado que habla bien de los mecanismos de supervisión cuando se aplican con coherencia. La historia sugiere cautela respecto a celebraciones prematuras: el traslado del grueso del grupo aún está por completarse, y el estado de salud de los cetáceos determinará el ritmo de los meses siguientes.

