Un terremoto de magnitud 7,4, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), golpeó este lunes el occidente de Colombia. El epicentro se ubicó en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a una profundidad de 107 kilómetros. El sismo dejó decenas de muertos y miles de heridos, y provocó el derrumbe de decenas de edificios en varias ciudades, entre ellas Cali, Pereira y Manizales.
La fuente del movimiento es conocida: la placa de Nazca, ubicada en el océano Pacífico, se introduce por debajo de la placa Suramericana en dirección al este —el fenómeno geológico denominado subducción—. Colombia forma parte del litoral occidental del Cinturón de Fuego del Pacífico, también llamado Anillo de Fuego, una región de 40.000 kilómetros de largo donde los terremotos y los volcanes son comunes.
El dato importa más que el ruido. Según Hernando Taveras, presidente ejecutivo del Instituto Geofísico de Perú (IGP), «en el Cinturón de Fuego del Pacífico tienen lugar el 90% de todos los sismos del mundo y el 80% de los terremotos más grandes». La actividad, explicó Taveras en una entrevista previa con BBC Mundo, se debe a «la convergencia de estas placas y su fricción, lo que hace que se acumule tensión que acaba liberándose».
El sismo de este lunes es el mayor registrado en Colombia en la última década, según la misma fuente. No es un evento aislado: en las semanas previas, el Cinturón de Fuego ya había registrado dos terremotos de magnitud 6,3 en Filipinas y las islas Kermadec el 5 de agosto, un sismo frente a las costas de México el 17 de julio y uno de magnitud 6,8 en la región japonesa de Kumamoto el 28 de julio.
La relación entre sismos y volcanes añade otra dimensión al riesgo. Hugo Delgado, director del Centro Nacional de Prevención de Desastres de México, explicó a BBC Mundo que un terremoto actúa sobre un volcán «como cuando se agita una botella de agua mineral»: el movimiento mecánico acumula presión y puede intensificar la actividad volcánica. Delgado precisó que solo sismos superiores a magnitud 9 tendrían un impacto de gran relevancia en volcanes cercanos, aunque terremotos de esa escala pueden incluso reactivar volcanes dormidos desde hace siglos.
El Cinturón de Fuego alberga también la mayor cantidad de volcanes del mundo y la mayoría de los supervolcanes del planeta. En Japón, situado en la confluencia de cuatro placas tectónicas, los temblores son parte de la vida cotidiana; la diferencia entre ese país y Colombia no es geológica, sino institucional y de inversión sostenida en resiliencia.
Conviene mirar los incentivos. Colombia enfrenta una realidad geológica que no negocia plazos ni ideologías: el Cinturón de Fuego no distingue entre gobiernos. Lo que sí distingue entre gobiernos es la calidad de los códigos de construcción, la densidad de la red de alerta temprana y la capacidad de respuesta de emergencia. Cada peso del contribuyente destinado a infraestructura sísmica es, en términos estrictos, un seguro contra el tipo de pérdida humana y material que este lunes volvió a registrarse. La coyuntura política colombiana —con un gobierno que ha priorizado otras agendas— hace que la pregunta sobre el estado real de esa preparación sea más urgente que nunca. La historia sugiere cautela ante cualquier administración que postergue esa inversión.



