El jefe de seguridad de Irán, Mohsen Rezaei, negó este jueves que exista un complot para asesinar a Barron Trump, hijo menor del presidente estadounidense. En una entrevista transmitida por la estación libanesa Al Manar, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní calificó el informe de «grandes mentiras con las que Netanyahu logró engañar a Trump».
Rezaei fue más allá de la simple negación. «Si hubiéramos tomado la decisión, nada nos lo habría impedido, pero son mentiras que Netanyahu inventa», afirmó, y añadió una versión propia de un supuesto episodio de pánico: «Trump estaba asustado; llegó a Turquía en ese enorme avión, y Netanyahu le dijo que los iraníes estaban trabajando para asesinarlo, así que lo metieron en un camión de comida y lo introdujeron de contrabando como si fuera un trabajador».
La declaración llega pocos días después de que el Servicio Secreto de Estados Unidos (USSS) reconociera estar al tanto de un video iraní que parecía amenazar la vida del joven Trump. «El Servicio Secreto de EE.UU. está al tanto del video e investiga cualquier cosa que pueda percibirse como una amenaza contra las personas bajo nuestra protección», declaró a CNN el portavoz Nate Herring, quien agregó que, «por motivos de seguridad operativa», la agencia no discute asuntos de inteligencia relacionados con la protección.
El video en cuestión, de casi tres minutos y emitido el fin de semana pasado por la cadena estatal iraní IRIB, sostenía que los movimientos de Barron Trump estaban siendo monitoreados y mencionaba una recompensa de US$10 millones por su cabeza. La pieza abre con un gráfico en inglés que pregunta «¿Dónde matar a Barron Trump?» e incluye representaciones de lugares donde públicamente se sabe que el joven pasa su tiempo, entre ellos la Torre Trump en Nueva York.
Según consignó CNN, este es el primer episodio en que el hijo menor del presidente es señalado públicamente por medios iraníes, aunque la prensa estatal de línea dura de Teherán ya había difundido contenido amenazante contra la familia Trump tras el asesinato del exlíder supremo iraní, Alí Jameneí.
La historia sugiere cautela ante los desmentidos de un régimen que combina la negación oficial con la sugerencia de capacidad —«si hubiéramos tomado la decisión, nada nos lo habría impedido»— en el mismo aliento. Ese doble registro no es un desliz retórico: es el modo habitual en que Teherán opera en el terreno de la guerra psicológica, donde la ambigüedad calculada cumple una función disuasiva y de propaganda interna sin comprometer al Estado ante un tribunal o una sanción concreta.
Para Washington, el episodio confirma la utilidad de instituciones que operan con protocolos verificables antes que con reacciones emocionales: el Servicio Secreto no confirmó ni descartó la amenaza, simplemente informó que la investiga, que es exactamente lo que corresponde a un aparato de seguridad profesional frente al ruido informativo. El dato importa más que el ruido, y en este caso el dato verificable es escueto: un video, una cifra de recompensa y una negación oficial. Todo lo demás —incluida la colorida versión de Rezaei sobre un avión y un camión de comida— pertenece al terreno de la guerra de relatos entre Teherán, Jerusalén y Washington, no al de los hechos comprobados.



