El último intercambio diplomático entre Estados Unidos y China en Panamá tuvo a Taiwán como detonante y volvió a mostrar hasta qué punto el istmo se ha convertido en un punto sensible de la rivalidad entre Washington y Beijing.
La secuencia comenzó tras un acto público en el que se donaron cuatro drones al Servicio Nacional Aeronaval (Senan). Allí, el embajador de Estados Unidos, Kevin Marino Cabrera, defendió los recientes viajes de diputados panameños a Taipei y la conformación del Grupo Multipartidista de Intercambio Parlamentario Panamá-Taiwán, concretado el pasado 8 de septiembre.
Cabrera respondió a las críticas chinas con tono irónico. Dijo que la «obsesión» de Beijing no era «muy saludable» y afirmó que, si uno dice la palabra Taiwán tres veces, «se te aparece el embajador chino».
La misión china replicó luego en la red social X. Aunque no mencionó el nombre de Cabrera, acompañó su mensaje con una fotografía del embajador estadounidense. La embajada de la República Popular China en Panamá sostuvo que «la juventud no es excusa para la ignorancia. El prejuicio es el veneno más peligroso».
China también acusó una falta de respeto a los principios internacionales de soberanía y comparó la postura de ciertos actores con una actitud arbitraria. En otra publicación, añadió: «A ojos de los bandidos, la fuerza es la verdad, todo el mundo está desprotegido y se puede tomar lo que les da la gana: lo mío es mío, lo tuyo también es mío, y todo el planeta me pertenece. Soy el rey del mundo».
Lejos de bajar el tono, Cabrera volvió a cuestionar con dureza las críticas del gobierno chino. Afirmó que «Panamá es un país con democracia, soberano, y las personas aquí pueden hacer sus propias decisiones» y añadió que en China «no están acostumbrados a eso». También dijo que allá «no dejan que las personas en su propio país puedan viajar».
El embajador estadounidense además ironizó sobre la vestimenta y las capacidades de su homólogo chino. Dijo que una de las cosas que quisiera enseñarle es que «solo se pone un botón en el saco, no dos botones», y añadió que quizá el embajador chino esté «aprendiendo pronto».
Cabrera también cuestionó el manejo idiomático de la embajada china en plataformas digitales. Señaló que estaba «muy entusiasmado» de ver que posteaba en español, aunque dijo que el diplomático había afirmado que no habla español, sino portugués.
Más allá del intercambio personal, la representación china advirtió que cualquier acción institucional que vulnere el principio de «Una Sola China» afecta de forma directa la relación bilateral entre Beijing y la República de Panamá. El portavoz chino, Guo Jiakun, pidió a Washington el 14 de septiembre que dejara de enviar «señales erróneas» sobre Taiwán y de «perturbar y socavar» las relaciones China-Panamá.
La disputa ocurre además en un escenario en el que Panamá se ha convertido en un punto estratégico de la competencia entre Washington y Beijing. En abril de 2025, durante su visita a Panamá, el entonces secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth advirtió que Estados Unidos no permitiría que «China pusiera en peligro la operación o integridad del Canal» y defendió un mayor papel de Washington en la seguridad de la vía.
Ante esta situación, el presidente José Raúl Mulino ha reiterado que los acercamientos, viajes e intercambios de los miembros de la Asamblea Nacional con Taiwán no cuentan con el aval ni el respaldo del Órgano Ejecutivo.
Conviene mirar los incentivos. Cuando dos potencias convierten a Panamá en escenario de una disputa simbólica, el margen de maniobra para la política exterior panameña se estrecha. La soberanía no se defiende con provocaciones ni con grandilocuencia, sino con reglas claras, coherencia institucional y prudencia diplomática.
También hay una lección para el interés nacional: cada señal ambigua sobre Taiwán, cada gesto improvisado y cada respuesta altisonante elevan el costo político de una relación bilateral ya tensa. En un entorno así, el orden internacional importa menos como consigna que como límite práctico para evitar que el país pague los platos rotos de una rivalidad ajena.

