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Sequía histórica en el Rin y el Danubio: shock energético e industrial en el corazón de Europa

Niveles mínimos históricos en los principales ríos europeos paralizan el transporte fluvial, amenazan centrales nucleares y frenan la producción industrial en Alemania, Serbia, Rumania y Hungría.
Imagen ilustrativa
Europaviernes 7 de agosto de 2026

El Rin ha alcanzado los niveles más bajos de su historia en varios puntos de Alemania y Países Bajos. En el estrecho de Kaub, cerca de Coblenza, la profundidad de las aguas navegables tocó el mínimo histórico de 25 cm —el mismo umbral registrado en 2018— antes de recuperarse ligeramente. En Colonia y en Lobith, donde el río cruza hacia Países Bajos, los registros cayeron por debajo de cualquier otro momento desde que existen mediciones.

El Sistema Nacional de Información sobre Niveles Bajos de Agua (NIWIS) de Alemania informó que el 44% de las estaciones de medición del Rin y el 78% de las del Danubio registraron niveles extremadamente bajos a finales de julio. El Danubio, que atraviesa 10 países, descendió a sus niveles más bajos en 30 años en Serbia y Rumanía.

Las consecuencias industriales son inmediatas. Serbia redujo la producción en sus centrales eléctricas de carbón porque la falta de agua interrumpió los sistemas de refrigeración. Rumanía realizó una explosión controlada en una gran roca a orillas del Danubio para aumentar el caudal hacia la central nuclear de Cernavoda. Las fábricas de automóviles de Dacia y Ford en Rumanía acordaron detener la producción durante más de dos semanas para reducir el consumo eléctrico. La única central nuclear de Hungría opera a capacidad reducida y sus responsables evalúan si será necesario desconectarla por completo.

En el Rin, Martin Wolters, de la Autoridad de Vías Navegables y Transporte Naval, declaró al medio alemán WDR que, si bien era improbable una suspensión total del transporte fluvial, sería necesario distribuir la carga entre más buques para aligerar su peso. «Con el tiempo, esto puede provocar mayores costes de transporte y cuellos de botella en el suministro», advirtió Wolters. Un comerciante de materias primas señaló a Reuters: «Llega un momento en que las cargas son demasiado pequeñas para que merezca la pena o los armadores se preocupan por dañar sus barcos».

En Italia, el río Po —el más largo del país— alcanzó un mínimo histórico cerca de Cremona. Las autoridades elevaron la alerta por sequía a «alto» en todo el valle del Po y los expertos advirtieron sobre posibles interrupciones en el suministro de agua potable. La reducción del caudal en la desembocadura permitió además que el agua salada del mar inundara el lecho del río, afectando a agricultores que dependen de ese recurso para el riego.

Según los observatorios de la Unión Europea, las condiciones de sequía se mantuvieron estables y críticas en la mayor parte del continente, y empeoraron en el centro y oeste a mediados de julio. Se preveía que la ola de calor se prolongara al menos una semana más, con temperaturas superiores a los 40 °C en muchos países del centro y sur de Europa.

Un estudio de World Weather Attribution concluyó que no se había observado una tendencia clara a largo plazo hacia una disminución de las precipitaciones en gran parte de Europa. Los investigadores sí señalaron que las temperaturas más elevadas aumentan la evaporación, lo que hace más probables las condiciones de sequía.

Conviene mirar los incentivos. La crisis expone una vulnerabilidad estructural que los gobiernos europeos han postergado: la dependencia de infraestructuras energéticas e industriales atadas a caudales fluviales sin reservas alternativas suficientes. Cuando el agua falta, no es la burocracia quien absorbe el golpe, sino las empresas que detienen líneas de producción y los consumidores que enfrentan cortes o precios más altos. El dato importa más que el ruido: con el 78% de las estaciones del Danubio en niveles extremos, el margen para gestionar la próxima coyuntura similar —sin reformas en almacenamiento hídrico y diversificación energética— es casi inexistente.

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