El Senado de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley para imponer sanciones más duras a Rusia e Irán, con una votación de 86 votos a favor y 11 en contra. El resultado puso fin a más de un año y medio de negociaciones entre republicanos y demócratas, una señal de que la presión bipartidista sobre Moscú sigue viva incluso en un Congreso fracturado.
El viernes 7 de agosto, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, agradeció públicamente al Senado la aprobación. «Ayuda a incrementar la presión sobre el agresor para poner fin a esta demente guerra rusa contra nuestra independencia y nuestro pueblo», escribió en sus redes sociales.
Zelenski señaló que el presidente ruso, Vladímir Putin, está recurriendo en estos momentos a misiles balísticos para «alargar la guerra», y que Ucrania busca «en todos los resquicios» munición para sus baterías Patriot. «Una presión real y fuerte de EEUU y sanciones contra Rusia es lo que más va a ayudar. Cada medida de presión contra el agresor nos acerca un paso más a la diplomacia», enfatizó.
El mecanismo central del proyecto es la facultad que otorga a Washington para imponer aranceles de hasta el 100 % a los cinco principales compradores de petróleo y gas rusos, así como a los países que contribuyan a eludir las sanciones vigentes contra el sector energético ruso. En la práctica, eso coloca a terceros Estados ante una disyuntiva concreta: acceso al mercado estadounidense o acceso al crudo de Moscú.
El siguiente paso es la Cámara de Representantes, aunque su tramitación deberá esperar: los congresistas se encuentran fuera de Washington por el receso de agosto.
Conviene mirar los incentivos. Una herramienta arancelaria del 100 % sobre los compradores de energía rusa es, en esencia, una palanca de mercado: no requiere despliegue militar ni transferencia directa de fondos de los contribuyentes estadounidenses, sino que traslada el costo de la presión a quienes financian la maquinaria bélica de Putin con cada barril comprado. Es el tipo de instrumento que encaja con la lógica de una administración que prefiere la coerción económica a la intervención abierta.
El dato importa más que el ruido. Un margen de 86 a 11 en el Senado no es una victoria relámpago de un partido; es un consenso que cruza líneas internas y que dificulta cualquier lectura de debilidad institucional. Lo que queda por ver es si la Cámara, al regresar del receso, mantiene ese impulso o lo diluye en enmiendas que vacíen la amenaza arancelaria de contenido real. La historia sugiere cautela: los proyectos con dientes suelen perderlos en el trámite final.



