El primer ministro libanés, Nawaf Salam, salió al paso este martes de las críticas de Hizbulá a las negociaciones con Israel y colocó la responsabilidad del conflicto directamente sobre el grupo armado. «Lo cierto es que la mayor ayuda a Israel provino de aquel que escogió al Líbano para inútiles aventuras bélicas de 'apoyo' y le dio pretextos para atacar nuestro país, pisotear su soberanía, destruir sus ciudades y pueblos, matar a su gente y desplazar a cientos de miles», escribió Salam en su cuenta de X.
Las palabras del primer ministro llegaron en respuesta al líder de Hizbulá, Naim Qassem, quien ese mismo día exigió la suspensión del diálogo con Israel, argumentando que los contactos «solo le han traído vergüenza» al Líbano. Salam no mencionó explícitamente a la formación chií, pero criticó a quienes decidieron «unilateralmente ir a la guerra» ignorando «los intereses de su entorno y de los libaneses».
El telón de fondo es un conflicto que se desató el 2 de marzo, cuando Hizbulá lanzó ataques contra Israel en apoyo a la guerra iniciada por Washington y Tel Aviv contra Irán. Desde entonces, el balance asciende a más de 4.300 muertos y más de un millón de desplazados, según la fuente. Ni el Estado ni el Ejército libanés han participado en las hostilidades.
En ese contexto, Israel y el Líbano celebran desde este martes hasta el jueves en Roma una nueva ronda de conversaciones bajo los auspicios de Estados Unidos. El objetivo es avanzar en la implementación del acuerdo marco firmado en junio y concretar la retirada de las tropas israelíes del sur del país, donde el Ejército libanés quedaría desplegado en su lugar.
Salam fue explícito sobre la condición de posibilidad de cualquier soberanía real: «El Líbano no tiene soberanía salvo la que le confiere una única decisión independiente en un Estado con un solo Ejército, que extiende su autoridad sobre todo su territorio exclusivamente a través de sus propias fuerzas».
El dato importa más que el ruido. Lo que está en juego en Roma no es solo un calendario de retirada militar, sino la pregunta de fondo que el Líbano lleva décadas eludiendo: quién tiene el monopolio legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras. Salam articula, con inusual claridad para un primer ministro libanés, la tesis del Estado soberano frente al Estado dentro del Estado que Hizbulá ha representado durante décadas.
Conviene mirar los incentivos. Hizbulá se opone a las negociaciones porque su posición de poder depende, precisamente, de que el Estado libanés no recupere el control del sur. Cada avance en la mesa de Roma es un retroceso para esa arquitectura paralela de poder. La mediación estadounidense, que Hizbulá rechaza por principio, es en este caso el único mecanismo disponible para hacer efectivo lo que el acuerdo marco de junio prometió sobre el papel. La historia sugiere cautela ante los plazos, pero la voz del propio jefe de gobierno libanés señalando al grupo armado como origen del desastre es, en sí misma, un cambio de coordenadas.

