Rusia atacó Kyiv con misiles balísticos y drones en la madrugada del martes 8 de septiembre de 2026, pocas horas después de que expirara el alto al fuego de tres días que el presidente Vladimir Putin había ordenado para permitir la visita de los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner.
Las explosiones provocaron incendios en varios puntos de la capital ucraniana, incluida una instalación educativa, y causaron daños en edificios residenciales de dos distritos. El alcalde de Kyiv, Vitali Klitschko, informó que personas quedaron atrapadas dentro de un edificio residencial. Según la agencia France-Presse, el ataque mató al menos a dos personas.
La secuencia diplomática había sido la siguiente: Witkoff y Kushner se reunieron con Putin en Moscú el sábado 5 de septiembre de 2026 y viajaron a Kyiv el domingo 6 de septiembre de 2026 para encontrarse con el presidente Volodymyr Zelenskyy. Witkoff describió la ronda como un avance: «Se logró progreso sustantivo, incluido movimiento en la programación de conversaciones trilaterales adicionales. El presidente Trump trabaja arduamente para detener la matanza y avanzar hacia una paz duradera», escribió en X.
El ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania, Andriy Sybiga, fue más directo. «En el momento en que los enviados de paz del presidente de EE.UU. se fueron, Putin lanzó otro ataque masivo y horrible contra Kyiv, dañando zonas residenciales y matando al menos a dos personas», escribió en redes sociales. «Sus misiles balísticos hablan más alto que sus palabras sobre diplomacia», añadió, según la fuente.
El mismo martes, el gobernador de la ciudad rusa de Sarátov informó que un dron ucraniano impactó infraestructura civil e hirió a varias personas. El lunes, drones ucranianos habían atacado tres refinerías de petróleo rusas, según funcionarios ucranianos citados por las fuentes.
La guerra, que comenzó en febrero de 2022, acumula ya más de cuatro años y medio de combates. La misión de Witkoff y Kushner representa la reactivación del compromiso de Washington como mediador tras meses sin avances significativos, pero no produjo ningún acuerdo inmediato.
Conviene mirar los incentivos. Putin aceptó una pausa táctica de tres días —suficiente para recibir a los enviados y proyectar disposición negociadora ante Washington— y la revocó en cuanto el calendario lo permitió. El gesto no tuvo costo militar apreciable para Moscú y generó el titular diplomático que buscaba. Para la administración Trump, la visita es un activo político real: demuestra que el canal existe y que ambas capitales reciben a sus representantes. Pero el dato importa más que el ruido: los misiles llegaron antes de que terminara el día del martes.
El equilibrio entre presión y negociación es el nudo central de cualquier proceso de paz. Washington necesita mostrar resultados ante su propio electorado; Kyiv necesita garantías de seguridad, no solo calendarios de conversaciones. Mientras esa brecha no se cierre con compromisos verificables, cada ronda diplomática corre el riesgo de convertirse en cobertura para la siguiente ofensiva.

