El secretario de Estado Marco Rubio se reunió este jueves con el canciller ruso Serguéi Lavrov en Manila, al margen de la cumbre de la ASEAN. Es uno de los contactos diplomáticos de mayor nivel entre Washington y Moscú desde que la administración Trump intensificó sus gestiones para intentar destrabar el conflicto.
La víspera, el presidente ucraniano Volodimir Zelensky habló por teléfono con los enviados especiales Steve Witkoff y Jared Kushner. El objetivo declarado: coordinar esfuerzos para reactivar la vía diplomática. «Una buena conversación sobre cómo activar la diplomacia y acercar más la paz», escribió Zelensky en sus redes sociales.
El mandatario ucraniano también informó que se reunió con el embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker. Revisaron dos proyectos concretos. El primero: la autorización de Trump para que Ucrania fabrique misiles Patriot bajo licencia. El segundo: un acuerdo de cooperación en materia de drones que, según Zelensky, aún está en negociación.
El telón de fondo de todo esto es el llamado «espíritu de Anchorage». Moscú sostiene que en la cumbre de agosto de 2025 entre Trump y Putin en Alaska, el presidente ruso aceptó un plan estadounidense de 27 puntos entregado por Witkoff durante una visita previa a Moscú. Entre esas propuestas figuraba congelar las líneas actuales del frente y mantener bajo control ruso parte del Donbás.
Washington lo rechaza. Rubio afirmó recientemente que nunca existió un acuerdo vinculante. Su argumento es directo: de haber sido así, la guerra habría terminado hace tiempo. Lavrov respondió exigiendo públicamente que Estados Unidos aclarara su posición sobre los compromisos discutidos en Anchorage.
Las negociaciones directas entre Kiev y Moscú permanecen interrumpidas. No hay fecha para reanudarlas. La fuente señala que la pausa se agudizó tras el recrudecimiento de la crisis en Medio Oriente por el conflicto entre Israel e Irán.
Lavrov confirmó su asistencia a la reunión con Rubio y la calificó de útil. «Es preferible hacer preguntas y obtener respuestas», declaró el canciller ruso.
El dato importa más que el ruido. Lo que está sobre la mesa en Manila no es un acuerdo de paz, sino algo más modesto: verificar si Washington y Moscú comparten siquiera un mismo relato sobre lo que ocurrió en Anchorage. Esa brecha de interpretación es, hoy por hoy, el principal obstáculo operativo.
Conviene mirar los incentivos. La diplomacia Trump ha apostado por canales directos y resultados verificables, no por procesos multilaterales indefinidos. Rubio encarna ese enfoque: presión calibrada, agenda concreta, sin concesiones gratuitas al aparato burocrático internacional. Si Manila produce aunque sea un marco compartido sobre Anchorage, la administración habrá ganado terreno. Si no, el calendario de decisiones se acorta para todas las partes.

