La diplomacia y los bombardeos coexisten con incómoda regularidad en el sur del Líbano. Este miércoles, la séptima ronda de negociaciones entre Líbano e Israel —celebrada en Roma bajo mediación estadounidense— se interrumpió a las 15.30 horas locales después de que el Ejército israelí atacara Tebnin, localidad del distrito de Bint Jbeil, causando un muerto y doce heridos. Un portavoz del Departamento de Estado confirmó que las conversaciones retomarán este jueves por la mañana y las calificó de «sumamente productivas».
El ataque en Tebnin no fue un hecho aislado. Las Fuerzas de Defensa de Israel realizaron también incursiones contra el distrito de Tiro, precedidas de una orden de evacuación forzosa para los residentes de Al Mansuri. Según las autoridades locales, unas 1.500 personas permanecían en esa localidad el pasado julio pese a las sucesivas órdenes de desalojo.
El balance acumulado desde el inicio de las hostilidades, el 2 de marzo, supera los 4.300 muertos y 12.200 heridos, según el último recuento de las autoridades sanitarias libanesas. Las hostilidades se reanudaron cuando Hezbollah lanzó proyectiles contra territorio israelí en respuesta a la ofensiva que Estados Unidos e Israel habían ejecutado contra Irán a finales de febrero.
En junio, los tres gobiernos suscribieron en Washington un acuerdo marco que prevé la retirada gradual de las fuerzas israelíes del sur libanés a cambio del desarme de Hezbollah. La primera zona piloto contemplada por ese acuerdo, Zawtar al Garbiya, se activó el 21 de julio. Las conversaciones en Roma buscan además abrir grupos de trabajo sobre delimitación fronteriza, desarme y reconstrucción del sur.
Las posiciones siguen siendo asimétricas. El primer ministro libanés, Nawaf Salam, reclamó la semana pasada ante su gabinete avances hacia «retiradas israelíes sucesivas hasta una retirada total», según trasladó el ministro de Información, Paul Morcos. Israel, en cambio, mantiene el control de varias franjas del sur del país —algunas ocupadas desde hace décadas— y supedita cualquier repliegue al desarme total de la milicia chií. El secretario general de Hezbollah, Naim Qassem, rechazó de nuevo el proceso y advirtió de que las conversaciones directas «no traerán a Líbano más que vergüenza, humillación y concesiones sucesivas». La organización se niega a deponer las armas mientras no exista un calendario fijo para la retirada completa de las tropas israelíes.
Líbano e Israel continúan técnicamente en estado de guerra, sin tratado de paz que sustituya al armisticio de 1949, lo que confiere a estas rondas un alcance que va más allá del episodio militar en curso.
Conviene mirar los incentivos. Washington intenta capitalizar el impulso diplomático generado tras el fin del conflicto con Irán, y la calificación de «sumamente productivas» apunta a que el acuerdo marco de junio tiene más sustancia de la que Hezbollah admite en público. El dato importa más que el ruido: la activación de Zawtar al Garbiya el 21 de julio es la primera verificación concreta de que el mecanismo funciona. El problema es estructural — una organización terrorista con capacidad de veto sobre la soberanía del Estado libanés —, y ninguna ronda en Roma resolverá esa ecuación mientras Hezbollah mantenga sus armas y su agenda regional. El resultado de la séptima ronda condicionará no solo el ritmo del repliegue militar, sino la credibilidad misma de un proceso que la milicia chií preferiría ver fracasar.

