El verano europeo vuelve a poner a prueba la capacidad de las ciudades para proteger a su población del calor extremo. Madrid y Roma han optado por una respuesta concreta: habilitar espacios públicos de acceso gratuito —los llamados «refugios climáticos»— donde los ciudadanos puedan permanecer durante las horas de mayor temperatura sin obligación de consumir ningún producto o servicio.
En Madrid, el refugio funciona en las instalaciones del Círculo de Bellas Artes, en el centro de la ciudad. El recinto dispone de más de 60 descansillos distribuidos entre colchonetas, sillas colgantes y hamacas, con un aforo máximo de 40 personas. El horario es de las 11:00 de la mañana a las 9:00 de la noche, y permanecerá operativo hasta el 9 de septiembre. La oferta incluye un área de co-working, puntos de lectura, una guardaría de plantas, una huerta, una zona de juegos y un huerto de chiles. Se permiten mascotas con correa, y se pide mantener conversaciones en voz baja. Los organizadores describen el espacio como un lugar para «ensayar nuevas maneras de habitar, relacionarse y construir comunidad».
En Roma, la iniciativa tiene un perfil distinto. Del 23 de julio al 4 de agosto, once cines y once bibliotecas funcionaron como refugios climáticos. Durante ese periodo se proyectaron diez películas italianas con dos funciones diarias; el ingreso fue por orden de llegada y sujeto al aforo de cada establecimiento. El concejal de Cultura, Massimiliano Smeriglio, describió el cambio climático como «una realidad» que afecta «la salud, las interacciones sociales y la capacidad para realizar actividades». El alcalde Roberto Gualtieri destacó la posibilidad de «disfrutar de una película y, al mismo tiempo, encontrar alivio del calor».
El contexto estadístico no es menor. Según un informe del Instituto de Estadística italiano (ISTAT), la temperatura media de Roma ha aumentado 3 °C desde la década de 1980, mientras que el incremento registrado en otras capitales europeas ronda los 2 °C.
El modelo se extiende por el continente como parte de estrategias municipales más amplias para responder al aumento de episodios de calor extremo durante los meses de verano.
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Conviene mirar los incentivos. La lógica detrás de estos espacios es comprensible: cuando el calor extremo representa un riesgo sanitario real, ofrecer refugio público tiene una justificación de salud colectiva. El dato de los 3 °C de aumento en Roma desde los años ochenta no es ruido; es una señal que las autoridades municipales no pueden ignorar.
Sin embargo, el debate sobre el modelo apenas comienza. Habilitar el Círculo de Bellas Artes o una red de cines municipales implica costos operativos que recaen sobre el erario local. La pregunta que ningún comunicado responde es cuánto cuesta por usuario, quién lo financia y si el aparato burocrático que rodea estos programas —programación diaria, talleres, torneos, siestas colectivas— es proporcional al problema que pretende resolver. La eficiencia del gasto público importa tanto como la buena intención. El mercado, mientras tanto, ya ofrece su propia respuesta: cafeterías, centros comerciales y bibliotecas privadas con aire acondicionado que absorben demanda sin subsidio. La historia sugiere cautela antes de institucionalizar soluciones de emergencia como política permanente.


