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Récord exportador sin crecimiento: México exporta valor que no genera

Las ventas al exterior suman 389 mil 723 millones de dólares en el semestre, pero casi 80 centavos de cada dólar importado son insumos que regresan al extranjero. El Plan México, que debería cerrar esa brecha, no ha despegado.
Imagen ilustrativa
Las Américasmartes 28 de julio de 2026

Las cifras del INEGI publicadas esta semana son, a primera vista, espectaculares. En junio, las exportaciones mexicanas alcanzaron 72 mil 551 millones de dólares, un alza de 34.4 por ciento respecto a un año antes. En el primer semestre acumularon 389 mil 723 millones, con un crecimiento anual de 24.6 por ciento. El superávit comercial acumulado llegó a 9 mil 857 millones de dólares, casi siete veces el millar 433 millones registrado en el mismo periodo del año previo.

Conviene mirar los incentivos antes de celebrar.

Ese superávit descansa íntegramente en las manufacturas. La balanza no petrolera acumula un saldo positivo de 25 mil 202 millones de dólares, que compensa un déficit petrolero de 15 mil 344 millones. Sin la plataforma manufacturera, México sería hoy un país deficitario. El dato es relevante y subraya tanto la fortaleza del sector como la fragilidad energética que el gobierno actual ha profundizado.

La composición del auge también está cambiando. Durante tres décadas, el éxito exportador mexicano era, en buena medida, sinónimo de automóviles. En junio, las exportaciones automotrices crecieron 7.6 por ciento; las manufactureras no automotrices, 48.8 por ciento. En el semestre, la brecha es todavía mayor: 1.0 por ciento frente a 37.6 por ciento. La nueva locomotora son servidores, equipo de procesamiento de datos e infraestructura para centros de datos, productos ligados a la expansión mundial de la inteligencia artificial. Estados como Chihuahua y Jalisco ganan protagonismo en ese nuevo mapa industrial, y las importaciones provenientes de Taiwán y otros países asiáticos especializados en electrónica avanzada se aceleran en consecuencia.

Ni la escalada arancelaria de Washington ha frenado, por ahora, la integración comercial. Las ventas a Estados Unidos crecieron 35.8 por ciento en junio, más que las dirigidas al resto del mundo.

Entonces, ¿por qué la economía no crece al ritmo que esos números sugieren? La respuesta está en el mismo boletín. Las importaciones crecieron 28 por ciento en junio y 22 por ciento en el semestre. Casi 80 de cada 100 dólares importados corresponden a bienes de uso intermedio: los insumos que alimentan a las plantas exportadoras. Un servidor exportado desde Chihuahua puede incorporar procesadores de Taiwán, memorias de Corea y circuitos de Malasia. Todo ese valor aparece en la estadística de exportación, pero al PIB nacional solo se incorpora lo producido dentro del país: integración, ingeniería, manufactura, logística, energía y servicios.

No es una anomalía; es la lógica de las cadenas globales de valor. La diferencia entre países ya no radica en participar o no en esas cadenas, sino en el lugar que ocupan dentro de ellas. Durante treinta años, el objetivo fue construir una plataforma manufacturera eficiente capaz de atraer inversión e integrarse al mercado norteamericano. Ese objetivo se cumplió. El siguiente paso es capturar una mayor proporción del valor generado: ingeniería, diseño, desarrollo de software, integración de sistemas, investigación, propiedad intelectual y proveedores de componentes sofisticados. La industria automotriz tardó tres décadas en construir esa red de autopartes, logística y acero. La industria ligada a la inteligencia artificial apenas comienza ese camino.

Ese es, según el análisis del economista Enrique Quintana en El Financiero, el propósito declarado del Plan México. El problema, apunta, es que «realmente no ha despegado».

El dato importa más que el ruido. México tiene una plataforma manufacturera que el mundo demanda; lo que no tiene es una política industrial que convierta esa demanda en valor doméstico. El récord exportador es real y merece reconocimiento. Pero mientras el aparato estatal no genere las condiciones —certeza jurídica, energía competitiva, formación técnica, libre empresa— para que la ingeniería y el diseño se anclen en México, el país seguirá siendo un corredor de valor ajeno. La historia sugiere cautela: los récords de aduana no se traducen en bienestar si el Estado ocupa el espacio que debería ocupar la iniciativa privada.

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