El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy respondió a través de su entorno al periódico El Mundo que no tiene intención de contestar a quienes lo acusaron de racismo tras su columna de opinión publicada en El Debate, titulada Hoy llegó el desquite. En ese texto, Rajoy describió a la selección francesa como un rival de «altísimo nivel» y un «adversario formidable» que, según sus palabras, no contaba con «franceses» en su plantilla.
Desde el círculo del exjefe del Ejecutivo se trasladó que no hubo «mala intención» en esas palabras y que Rajoy considera el asunto un «tema menor» magnificado por la reacción política y mediática. «No me voy a poner al nivel de ciertos miembros del Gobierno español», fueron sus palabras según el mismo diario.
La columna desató una respuesta institucional en Francia. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, calificó las afirmaciones de «absolutamente inaceptables». Aurore Bergé, ministra encargada de la Lucha contra las Discriminaciones, habló de «reiterados deslices racistas» y sostuvo que «es hora de que cesen y de que el deporte vuelva a ser deporte». La Embajada de Francia en Madrid optó por una réplica más medida: recordó que «todos los jugadores de la selección francesa son franceses» y precisó que «de los 26 jugadores, 23 nacieron en Francia; los tres que nacieron en el extranjero también son franceses».
En el flanco español, el presidente Pedro Sánchez escribió en X contra «quien todavía mide la pertenencia por el apellido, el lugar de nacimiento o el color de piel» y añadió que «España es de quien la ama y la trabaja, no de quien la avergüenza con declaraciones xenófobas». El canciller José Manuel Albares pidió al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, que desautorizara las palabras de Rajoy; hasta el cierre de esta edición, Génova no había emitido respuesta.
Conviene mirar los incentivos. El Gobierno de Sánchez encontró en la columna de un expresidente —figura sin cargo ni mandato— una palanca para tender un puente de solidaridad con el Ejecutivo de Macron y, al mismo tiempo, presionar al PP en vísperas de un calendario electoral que no admite distracciones. La operación es conocida: convertir un artículo de opinión deportiva en un episodio diplomático eleva el coste político para la oposición y desplaza el debate hacia el terreno identitario, donde el oficialismo se siente más cómodo.
El dato importa más que el ruido. Rajoy escribió una columna de fútbol; la Embajada francesa respondió con cifras concretas sobre el origen de los jugadores; y el resto fue amplificación institucional. Que el jefe de la diplomacia española exija a Feijóo que se pronuncie sobre las palabras de un exmandatario sin cargo revela hasta qué punto el aparato de gobierno está dispuesto a instrumentalizar cualquier coyuntura. La pregunta relevante no es si la frase fue desafortunada —lo fue—, sino por qué el Estado dedica energía diplomática a una columna de opinión cuando hay asuntos de mayor calado en la agenda bilateral entre Madrid y París.


