El presidente ruso, Vladimir Putin, acusó este martes a su par ucraniano, Volodimir Zelensky, de proclamar el «terrorismo de Estado» después de que Kiev advirtiera a aerolíneas y aseguradoras que el espacio aéreo ruso «se está volviendo completamente inseguro» por la ofensiva ucraniana con drones.
«Nos están pidiendo que reanudemos las negociaciones... pero no se negocia con terroristas», dijo Putin en una rueda de prensa televisada, al cumplirse cuatro años del inicio de la invasión rusa a Ucrania.
El cruce se produjo en un contexto de máxima letalidad en el frente. Al menos 12 personas murieron en Kiev y sus alrededores durante bombardeos rusos nocturnos, mientras el tráfico aéreo en aeropuertos rusos se interrumpió por la aproximación de drones ucranianos. Desde Kiev matizaron el alcance de la advertencia: no se trataría de una amenaza a la aviación civil, sino de una constatación de que «habrá drones en los cielos de Rusia en una escala que debe tenerse en cuenta».
Putin, sin embargo, insistió en calificar el episodio como «una declaración de terrorismo de Estado» y defendió los ataques rusos contra infraestructura civil ucraniana, incluidas refinerías: «¿Han causado daños? Sí. ¿Y por qué? Entre otras razones, sobre todo porque no estaban protegidas».
El telón de fondo de este nuevo round dialéctico fue la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Biskek, Kirguistán, donde Rusia y China exhibieron la solidez de su alianza. «La cooperación estratégica entre Rusia y China constituye un modelo de relaciones entre Estados», afirmó Putin al recibir a Xi Jinping. El mandatario chino respondió que las relaciones bilaterales se han vuelto «más sólidas», con perspectivas «aún más prometedoras», y llamó a avanzar hacia un «mundo multipolar igualitario y ordenado».
Al cónclave asistieron también el presidente iraní, Masoud Pezeshkian; el primer ministro indio, Narendra Modi, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. La reunión llegó en un momento sensible para Moscú y Pekín: Rusia permanece bajo un amplio régimen de sanciones occidentales por la guerra en Ucrania, China enfrenta crecientes tensiones comerciales con Washington, e Irán atraviesa una nueva escalada militar con Estados Unidos.
Los esfuerzos diplomáticos bajo mediación estadounidense para calmar las aguas entre Rusia y Ucrania se mantienen estancados desde febrero, cuando estalló la guerra en Medio Oriente y desplazó la atención de la Casa Blanca.
Lo que está en juego
La foto de Biskek es, ante todo, un mensaje dirigido a Washington: Moscú y Pekín buscan mostrar que las sanciones occidentales no los han aislado y que existe un bloque alternativo dispuesto a sostenerlos. Conviene mirar los incentivos detrás del gesto: para Putin, la alianza con Xi es una póliza política y económica frente al aislamiento; para China, una manera de negociar desde una posición de fuerza sus propias tensiones comerciales con Estados Unidos.
El estancamiento de la mediación estadounidense desde febrero es el dato más relevante para quien sigue la coyuntura desde una lógica de orden internacional. Sin una Casa Blanca enfocada y con capacidad de presión —como la que ha impulsado Donald Trump en otros frentes—, el vacío lo llenan Moscú y Pekín con su narrativa de multipolaridad, que en la práctica significa menos reglas y menos costos para quienes las violan. La retórica de «terrorismo de Estado» que intercambian Putin y Zelensky es ruido; el dato que importa es que, mientras el frente sigue siendo letal, el tablero diplomático global se reordena sin que Washington marque el ritmo.


