Diez años antes de que las autoridades de la Federación Rusa desclasificaran los documentos que reconstruyen el episodio, un misil soviético destruyó el vuelo 007 de Korean Air Lines. Murieron las 269 personas a bordo: pasajeros de al menos quince nacionalidades, entre ellos 61 estadounidenses y un congresista republicano, Larry MacDonald.
La reconstrucción, basada en informes militares y en el contenido de las cajas negras difundidos a mediados de 1993, muestra menos una operación deliberada contra civiles que el resultado de un sistema construido sobre la desconfianza absoluta. El teniente coronel Guennadi Osipovich, el piloto que disparó el misil, lo explicó sin rodeos años después al New York Times: «No sentí nada, era lo que debía hacer».
El contexto explica la decisión, aunque no la justifica. En 1983 la relación entre Washington y Moscú atravesaba uno de sus momentos más tensos. Ronald Reagan había calificado a la Unión Soviética como el «imperio del mal» y había lanzado la Iniciativa de Defensa Estratégica, apodada «Guerra de las Galaxias». El Kremlin, bajo el liderazgo del exjefe de la KGB Yuri Andropov, estaba convencido de que Washington preparaba en secreto un ataque nuclear. Ninguno de los dos líderes tenía particular vocación de diálogo.
El vuelo, que había partido del aeropuerto JFK con destino a Seúl vía Anchorage, se desvió de su ruta programada y penetró en el espacio aéreo soviético cerca de la península de Kamchatka. Cuatro cazas Mig-23 lo buscaron sin éxito durante 23 minutos. Cuando el Boeing 747 volvió a desviarse hacia la isla de Sajalín —territorio de alta sensibilidad militar, con dos bases aéreas, una base naval y unos 20.000 soldados apostados, según la Agencia de Inteligencia de la Defensa estadounidense—, la respuesta militar soviética se activó de nuevo.
El piloto coreano, Chun Byung-il, y su copiloto, Kim Si-il, parecían no tener conciencia real de su posición. Minutos antes del derribo, informaron a la torre de control de Narita que volaban en su ruta normal al sur de las islas Kuriles, un dato que no coincidía con lo que mostraban los radares soviéticos. Nadie corrigió el error a tiempo.
A las 3.20 de la madrugada, Osipovich recibió la orden de acercarse al Boeing y realizar un disparo de advertencia; los registros no permiten confirmar si llegó a efectuarlo. Seis minutos después, cuando el avión coreano estaba a solo un minuto de salir del espacio aéreo soviético, fue derribado.
La historia sugiere cautela frente a los sistemas donde la desconfianza institucional sustituye al criterio individual. El episodio no fue un acto de maldad personal: fue la consecuencia lógica de un aparato militar diseñado para disparar primero y preguntar después, operando bajo el supuesto —no infundado en aquel momento— de una inminente agresión nuclear occidental.
Conviene mirar los incentivos que produjo aquel sistema. Ni los operadores del radar soviético, entrenados para desconfiar de cualquier intrusión, ni la torre de control japonesa, que no verificó una posición manifiestamente errónea, actuaron con la diligencia que 269 vidas civiles exigían. El derribo del vuelo 007 quedó como uno de los episodios más brutales de una Guerra Fría en la que el margen de error humano, multiplicado por la lógica de bloques armados hasta los dientes, podía costarse en vidas de civiles ajenos a cualquier disputa geopolítica.


