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Presión sobre Irán pone a prueba la disciplina de Turquía y el acceso al F-35

Las sanciones de Washington han sacado a las aerolíneas iraníes de varios mercados, pero Turquía sigue siendo una vía abierta. El episodio se cruza con el intento de Trump de recomponer la relación con Erdoğan y reabrir la puerta al caza F-35.
Imagen generada con IA
Internacionalviernes 2 de octubre de 2026

Las sanciones de Washington sobre la aviación iraní están encontrando un límite en Turquía. Al menos 83 vuelos operados por aerolíneas iraníes sancionadas aterrizaron en ese país en los cinco días posteriores a un plazo clave de sanciones estadounidenses, según datos de vuelo analizados por la Foundation for Defense of Democracies.

El 28 de septiembre, FDD dijo que la presión de Estados Unidos había ayudado a sacar a las aerolíneas iraníes de varios mercados regionales, entre ellos Irak, Emiratos Árabes Unidos y Omán, pero concluyó que Turquía seguía siendo una brecha importante en el esfuerzo de Washington por dejar en tierra a esas compañías.

El Departamento del Tesoro anunció el 8 de septiembre nuevas sanciones amplias contra el sector de aviación iraní y designó a las 27 aerolíneas iraníes activas que seguían operando bajo la Orden Ejecutiva 13902. Tesoro dijo que el sector aéreo de Irán ha sido usado para transportar armas, personal y carga ilícita, y advirtió a empresas extranjeras sobre los riesgos de seguir prestando apoyo a aerolíneas sancionadas.

El cruce geopolítico es evidente. Turquía es un aliado de la OTAN y Trump ha subrayado públicamente su relación cercana con Erdoğan, al tiempo que señalaba apertura para restaurar el acceso de Ankara al programa del caza F-35. Turquía fue expulsada del programa tras comprar el sistema ruso de defensa antiaérea S-400, una decisión que también activó sanciones estadounidenses en 2020.

Durante una visita a Turquía en julio de 2026, Trump dijo que su administración levantaría esas sanciones y que estaba considerando permitir que Ankara comprara F-35, aunque siguen vigentes restricciones del Congreso ligadas a la posesión turca del S-400. Erdoğan dijo el 24 de septiembre que espera que Washington adopte «pasos concretos» para el regreso de Turquía al programa.

Scott Bessent advirtió que, tras el plazo de desmantelamiento del 23 de septiembre, las empresas que prestaran a aerolíneas iraníes sancionadas servicios como combustible o apoyo en aterrizaje corrían el riesgo de perder acceso al sistema financiero estadounidense. FDD citó a Bessent diciendo que, para esa fecha, las aerolíneas iraníes quedarían «cerradas en todo el mundo».

Pero los investigadores de FDD encontraron que Turquía seguía recibiendo vuelos, lo que pone en duda la capacidad de Washington para convertir su presión en disciplina efectiva dentro de un aliado clave. La historia sugiere cautela.

Para Estados Unidos, el episodio revela una tensión clásica: endurecer la aplicación de sanciones contra Irán sin romper con un socio de la OTAN que todavía busca recompensas estratégicas en Washington. Conviene mirar los incentivos. Si el mensaje de las sanciones puede sortearse con facilidad en un punto de entrada importante, el costo político de la coerción lo termina pagando la credibilidad de la propia política exterior.

Para Turquía, el margen de maniobra existe porque es útil. Y para Washington, la pregunta es si la presión sobre Irán seguirá siendo creíble mientras el premio de reabrir el F-35 se mantiene sobre la mesa. El dato importa más que el ruido: la hegemonía regulatoria estadounidense no se mide por los anuncios, sino por su capacidad de imponerlos a terceros.

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