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Pirlo rechazado, Maldini en la cuerda floja: el calcio italiano vuelve al caos

La vinculación del exmediocampista con una empresa rusa de apuestas bloqueó su nombramiento como seleccionador y amenaza con llevarse por delante a los recién llegados Paolo Maldini y Leonardo de la dirección técnica de la FIGC.
Imagen ilustrativa
Internacionalmartes 28 de julio de 2026

El fútbol italiano no termina de tocar fondo. Apenas dos semanas después de nombrar a Paolo Maldini director técnico de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) y al exdirector deportivo Leonardo como su asesor, ambos podrían abandonar sus cargos antes de haber iniciado la reconstrucción de la Azzurra. El detonante: el rechazo de Andrea Pirlo como nuevo seleccionador nacional por su trabajo como embajador de una empresa rusa de apuestas, vínculo que el propio exfutbolista reconoció en sus redes sociales.

La secuencia es reveladora del estado de la institución. La FIGC había tanteado antes a técnicos de la talla de Pep Guardiola y Carlo Ancelotti sin éxito. Cuando la candidatura de Pirlo tomó fuerza, nadie dentro del organismo detectó —o quiso detectar— el problema de imagen que representaba su relación con una firma de apuestas con sede en Rusia. La incompatibilidad afloró in extremis, convirtiendo un anuncio celebratorio en una crisis de gobernanza.

El presidente de la FIGC, Giovanni Malagò, convocó de urgencia una reunión este lunes en Roma. A su salida, optó por escabullirse por una entrada secundaria sin atender a los medios. Según La Gazzetta dello Sport, cualquier comunicación oficial quedará para el martes, tras el Consejo Federal del organismo. Mientras tanto, varios dirigentes reconocieron haber conocido la posible dimisión de Maldini y Leonardo a través de la prensa, no por canales internos: un detalle que ilustra la magnitud de la descoordinación.

El presidente de la Serie A, Ezio Maria Simonelli, fue el más explícito. «Diría que no me sorprende porque podía respirarse. Maldini había elegido a Pirlo, pero este no será seleccionador. Lo lamento porque Maldini era una gran opción, una persona de valores que habría apreciado personalmente», declaró ante los medios. El presidente de la Liga Nacional de Aficionados, Giancarlo Abete, confirmó que las dimisiones «aún no se han formalizado», pero no las descartó. El ministro de Deportes, Andrea Abodi, fue más directo: urgió a «arreglar esta mala imagen».

El trasfondo es insoslayable. Italia lleva tres Copas del Mundo consecutivas sin clasificar, una anomalía histórica para una de las selecciones más laureadas del planeta. Cada intento de reforma termina enredado en disputas internas, candidaturas fallidas y salidas por la puerta de atrás. La crisis actual no es un accidente puntual; es el síntoma de una federación que no ha resuelto sus problemas de gobernanza ni de proyecto deportivo.

Conviene mirar los incentivos. La FIGC apostó por figuras de alto perfil —Maldini, Pirlo— para recuperar credibilidad ante una afición y una industria futbolística frustradas. Pero la designación apresurada, sin la debida diligencia sobre los vínculos comerciales de los candidatos, produjo el efecto contrario: más ruido, menos confianza. El ministro Abodi tiene razón en señalar la «mala imagen», aunque la solución no es cosmética.

El dato importa más que el ruido. Tres ausencias mundialistas seguidas son un fracaso sistémico, no una racha de mala suerte. Ningún seleccionador, por prestigioso que sea, puede sustituir a una estructura sólida, a procesos de selección transparentes y a una federación que funcione con criterios institucionales antes que con lealtades personales. Lo que el calcio italiano necesita no es otro nombre célebre en el banquillo, sino la reconstrucción paciente de las bases que, por ahora, nadie parece dispuesto a acometer.

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