Gustavo Petro utilizó el discurso del 20 de julio, Día de la Independencia de Colombia, para anunciar qué ocurrirá con tres piezas que exhibió como marcas identitarias de su paso por la Casa de Nariño. El anuncio llegó a menos de tres semanas del relevo presidencial del 7 de agosto.
La espada de Bolívar será trasladada «en acto solemne» por la guardia libertadora del batallón presidencial a la Casa de Bolívar en Bogotá, «la quinta donde estaba», según declaró el mandatario. Petro la había empuñado durante varios discursos y afirmó que «esa espada no se puede enfundar hasta que haya justicia en Colombia».
La sotana del sacerdote Camilo Torres Restrepo será entregada al Museo Nacional y quedará bajo custodia de la Facultad de Patrimonio de la Universidad Nacional. Petro vinculó la prenda con la figura del sacerdote, a quien presentó como comprometido con la teología de la liberación, y señaló que en la Universidad de Lovaina la Vieja, en Bélgica, existe una estatua de Torres mientras que en Colombia no hay un reconocimiento equivalente.
El tercer objeto, el sombrero de Carlos Pizarro, tuvo un destino diferente: Petro lo entregó el propio 20 de julio a la senadora María José Pizarro. El presidente lo definió como «un símbolo de paz» y aseguró que «nunca fue usado, nunca jamás, en una acción que implicara violencia». Según Petro, la pieza fue adquirida por Carlos Pizarro exclusivamente para firmar la paz entre el Movimiento 19 de Abril y el Estado colombiano el 9 de marzo de 1990. Carlos Pizarro fue asesinado el 26 de abril de 1990, 47 días después de la dejación de armas del M-19, cuando era candidato presidencial por la Alianza Democrática M-19.
El sombrero había permanecido más de tres décadas en Suecia, en poder de un antiguo escolta de Pizarro y de exintegrantes del M-19, quienes se lo entregaron a Petro. En marzo de 2024 fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación. Petro explicó que decidió devolverlo a la familia porque, según sus palabras, «peligra hoy, en los días venideros, después del 7 de agosto».
Conviene mirar los incentivos. El reparto de estos objetos no es un trámite administrativo: es el último acto de construcción simbólica de un gobierno que hizo de la iconografía revolucionaria su principal moneda política. Entregar la espada de Bolívar «en acto solemne», custodiar la sotana de un sacerdote que abandonó los hábitos para unirse a la guerrilla y devolver a la familia el sombrero de un excomandante del M-19 dibuja con precisión el panteón ideológico que Petro intentó instalar en el imaginario nacional durante cuatro años.
El dato importa más que el ruido. Lo que Colombia hereda no son solo piezas de museo, sino la pregunta sobre qué instituciones y qué relato quedarán en pie cuando el aparato estatal petrista ceda el paso. El próximo gobierno enfrentará esa carga simbólica junto con los desafíos concretos de seguridad, inversión y estado de derecho que el ciclo saliente dejó sin resolver.



