El presidente Gustavo Petro convocó a los habitantes del sur, occidente, centro y norte de Bogotá a asistir al desfile militar del 20 de julio, fecha en que Colombia conmemora su independencia. En su mensaje, el mandatario anticipó que ese acto será su despedida pública como jefe de Estado: «Le hablaré por última vez al país», afirmó.
Por primera vez en la historia reciente, el desfile no se realizará en el corredor tradicional. El recorrido partirá desde la avenida Ciudad de Villavicencio, frente al centro comercial Gran Plaza Ensueño, y avanzará hasta la carrera 23 c. El cambio de escenario, anunciado oficialmente el 14 de julio por la Presidencia, busca —según el gobierno— acercar la celebración patria a los sectores populares de Bosa y Ciudad Bolívar. Los ensayos están previstos para el 19 de julio y el inicio del acto se fijó para las 11:00 a. m.
El traslado tiene consecuencias logísticas concretas: la capacidad limitada de la vía seleccionada obligará a reducir la participación de equipos militares respecto a ediciones anteriores. Petro también marcó distancia con sectores de la fuerza pública por la ubicación del recorrido. «La marcha pasa. Es en el sitio en que se dijo, no en lo que ciertos oficiales quieren cambiar», sostuvo.
El presidente extendió además el llamado al resto del país. «El 20 de julio, en todas las plazas de Colombia debe escucharse un grito de independencia, como ocurrió hace más de dos siglos», declaró. Sobre los riesgos de seguridad, señaló que «la fuerza pública tiene todo el instrumental para impedir ataques, que siempre ha sido un peligro en Colombia».
En su intervención, Petro recurrió a la figura de Simón Bolívar para enmarcar la jornada y rechazar críticas sobre el uso de ciertos símbolos. «Esta es una bandera de Bolívar. Y aquí quieren censurar a Bolívar y a su bandera», afirmó. Reforzó su identificación política con el Libertador al declararse «oficial de Bolívar» y reivindicar el origen armado de ese movimiento histórico.
El objetivo declarado del gobierno es fortalecer el vínculo entre la sociedad civil y las instituciones de seguridad, ampliando la presencia estatal en zonas que históricamente no han acogido este tipo de manifestaciones.
Conviene mirar los incentivos detrás del gesto. Trasladar el desfile al sur de Bogotá en el último acto presidencial es, ante todo, una operación simbólica de cierre político: Petro busca inscribir su salida en el imaginario de la inclusión popular y el bolivarianismo, antes que en el balance de gestión que los colombianos evaluarán en los meses siguientes. El dato importa más que el ruido: la reducción de equipos militares por limitaciones de infraestructura vial no es un detalle menor en un acto que, por definición, exhibe la capacidad operativa del Estado. La historia sugiere cautela ante los finales de mandato que priorizan el legado simbólico sobre las instituciones que quedan en pie.



