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Peng Liyuan convierte la diplomacia blanda en un activo de poder chino en Washington

La primera dama de China acompañó a Xi Jinping en una visita marcada por la tecnología, el comercio y Taiwán, pero captó atención propia con cultura, moda e inglés. El episodio muestra cómo Pekín también compite con símbolos, no solo con aranceles o chips.
Imagen generada con IA
Estados Unidossábado 26 de septiembre de 2026

WASHINGTON.– Cuando Xi Jinping llegó a Washington para reunirse con Donald Trump, la agenda pesada estuvo dominada por inteligencia artificial, comercio, tecnología, seguridad y Taiwán. Pero, a pocos pasos de esa mesa, se desplegó otra forma de diplomacia: la de Peng Liyuan, esposa de Xi y primera dama de China.

Peng acompañó a Xi durante la visita y participó en actividades culturales y en encuentros con Melania Trump, en una serie de actos cuidadosamente organizados. Mientras los presidentes discutían cuestiones que podían definir la relación entre Washington y Pekín, las dos primeras damas ocuparon un espacio distinto, centrado en la cultura, la educación, la moda y el vínculo personal.

La escena más comentada ocurrió en el Smithsonian National Museum of Asian Art. Peng conversó en inglés con Melania, sin traductor, y se reunió con estudiantes estadounidenses en un programa destinado a destacar los lazos culturales entre ambos países. Cuando un coro juvenil interpretó «Jasmine Flower», Peng acompañó la melodía en voz baja y luego aplaudió a los chicos. Los estudiantes se dirigieron a ella como «Mother Peng», en un momento de inusual calidez dentro de una visita de Estado marcada por tensiones estratégicas.

El embajador de China en Estados Unidos, Xie Feng, destacó el encuentro en redes sociales y dijo que Peng había alentado a los adolescentes estadounidenses a seguir estudiando el idioma y la cultura chinos y a convertirse en «enviados de amistad» entre Estados Unidos y China. Xi y Trump debatían el futuro de la tecnología; Peng mostraba que el idioma, la familiaridad y la cultura también pueden convertirse en instrumentos de influencia internacional.

La moda reforzó ese mensaje. En el museo, Peng llevaba un vestido azul marino inspirado en el qipao, con botones del mismo tono, detalles claros y un broche floral plateado. Melania eligió un traje de tweed gris oscuro, con un cuello alto y asimétrico de características similares. Los maridos también parecían coordinados, con trajes azules, zapatos negros y corbatas violetas de tonalidades prácticamente idénticas.

En la cena de Estado en la Casa Blanca, el contraste visual fue más pronunciado. Peng, de 63 años, llevó un vestido rojo largo hasta el suelo, con cuello mandarín y dos vueltas de perlas blancas. Xi apareció con un traje Mao negro, o traje Zhongshan, mientras Trump vistió el tradicional esmoquin occidental. Melania, por su parte, llevó un pantalón de brocado negro de Dolce & Gabbana, un fajín de seda, zapatos negros de Christian Louboutin y una blusa blanca de Saint Laurent con un pronunciado moño.

La coordinación aparente de la pareja presidencial china y la estadounidense desapareció esa noche. Sus atuendos ofrecieron un paralelismo visual con las diferencias que emergían entre los dos presidentes. Peng y Xi presentaban la modernidad dentro de un marco de tradición; Melania y Trump, en cambio, parecían más dispuestos a apartarse de las convenciones.

Horas antes, Xi y Trump habían discutido también el futuro de la inteligencia artificial. El líder chino defendió una mayor cautela y salvaguardas frente a la IA, mientras Trump puso el acento en el desarrollo tecnológico y la competencia, especialmente en la necesidad de que Estados Unidos se mantenga a la vanguardia.

Peng no apareció de la nada. Antes de convertirse en primera dama, ya era una figura conocida en China: soprano vinculada al Ejército Popular de Liberación, alcanzó notoriedad por sus apariciones televisivas y actuaciones en celebraciones nacionales. Su presencia pública era inusual en un sistema donde las esposas de los principales dirigentes chinos han mantenido tradicionalmente perfiles bajos. Esa cautela estuvo marcada, en parte, por la experiencia de Jiang Qing, esposa de Mao Zedong, cuyo protagonismo político durante la Revolución Cultural quedó asociado a uno de los períodos más convulsivos de la historia moderna de China.

A medida que Xi ascendía, los medios estatales comenzaron a cubrir más las actividades públicas de Peng. La historia sugiere cautela: en Pekín, incluso la diplomacia blanda responde a una lógica de poder. Conviene mirar los incentivos. Si China logra proyectar cultura, disciplina y modernidad desde una figura como Peng, no solo suaviza su imagen; también amplía su margen de influencia sin necesidad de una sola palabra oficial de los negociadores.

Para Washington, el dato importa más que el ruido. Mientras la relación bilateral se define por chips, aranceles y poder tecnológico, Pekín recuerda que el prestigio también se disputa en el terreno simbólico. Y allí, una primera dama puede funcionar como una extensión sofisticada del Estado, capaz de hablar al público sin parecer que habla por el Estado.

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